Quisiera
compartir con ustedes la alegría que siento por la elección
de Fray Carlos Azpiroz Costa, hermano y amigo mío, como Maestro
de la Orden. Cuando yo fui elegido, Damián, el anterior Maestro,
bromeó diciendo que le era difícil a un irlandés
anunciar la elección de un inglés. ¡Pero esta
vez un inglés tiene que anunciar la elección de un
Argentino!
Cuando
llegué a Santa Sabina hace nueve años, después
de ser elegido en el Capítulo en México, fue Carlos
quien me acogió y acompañó a mi habitación.
En aquellos días estaba terminando su doctorado en Derecho
Canónico en el Angelicum, pero tuvo tiempo para prepararme
la habitación y decorarla. Ahora la habitación será
suya. Preparó una barbacoa para toda la comunidad e hizo
que me sintiera acogido y como en casa. Poco después regresó
a Argentina para ser Prior del noviciado en Mar del Plata. Todos
lo echamos de menos. Cinco años después regresó
a Roma para ser Procurador General.
Carlos
es, ante todo, un hermano alegre. Debió aprender su sentido
profundo de fraternidad en casa, con su familia. Es el octavo de
catorce hijos. Es inmensamente sensible a los sentimientos de cada
miembro de la comunidad (¡lo cual muchas veces no es fácil!).
Su sentido del humor convierte las reuniones en celebraciones. Es
un excelente imitador, tanto de animales como de personas (¡sobre
todo del anterior Maestro de la Orden!). Esto ha sido de mucha ayuda
en el Consejo General, e incluso en el Capítulo General de
Bolonia, al permitir que se superaran tensiones en la discusión
de temas difíciles. Cuando nos ponemos demasiado serios,
¡se diría que algun perrito u oveja ha entrado en la
sala!
Es,
como verán, un predicador admirable. Cuando predica, es capaz
de involucrarnos a todos. Recuerdo que, justo antes de salir de
Santa Sabina para Providence, un grupo de monjas benedictinas asistió
a una misa presidida por Carlos. Fue capaz de implicarlas espontáneamente
en su homilía y les hizo sentirse como en casa.
Logré
conocer su comprensión profunda del gobierno dominicano cuando
era Procurador General. Tiene formación de abogado civil
y canónico, pero para él el fin de la ley no es controlarnos,
sino asegurar nuestra libertad y dignidad.. Entiende, por encima
de todo, que la Regla y las Constituciones de la Orden se encuentran
al servicio de la vida y misión dominicana. A mí Carlos
me ha ayudado a ver cómo en ellas se encarna una espiritualidad
dominicana de responsabilidad y libertad. Comprende nuestra democracía
no sólo porque la ha estudiado -su tesis doctoral versó
sobre la evolución de los capítulos provinciales-,
sino también porque siente respeto por cada hermano y por
todos niveles de gobierno.
Una
de las tareas centrales para un Maestro es cuidar la unidad de la
Orden. Carlos será capaz de ello, porque es un hombre que
trasciende toda ideología. Tiene la apertura intelectual
y la imaginación necesarias para comprender las opiniones,
los miedos y las esperanzas de los otros, pero sabe conducirlos
a un espacio más grande, más allá de la dicotomía.
Como
Procurador General le ha tocado examinar todas las peticiones de
dispensa de la Orden y todos los casos de aquellos que han dejado
el sacerdocio. Eso puede resultar una tarea inmensamente dolorosa.
No obstante, yo he visto cómo lo ha hecho con una compasión
inmensa hacia todos los hermanos, intentando comprender en profundidad
el curso de los acontecimientos que les ha llevado a tal situación.
Tiene la compasión de Domingo.
Quizás
estas palabras están comenzando a parecerse demasiado a un
testimonio en una causa de canonización, pero es necesario
estar muerto para poder ser canonizado. Por el contrario, como podrán
descubrir, Carlos está lleno de vida. Estoy seguro de que
llegarán a amarlo tanto como yo. Sean buenos con él,
¡y recuerden que alguna vez necesitará descansar!
