Providence,
R.I., 8 de agosto de 2001, fiesta de Santo Domingo
Hoy,
fiesta de Santo Domingo, el Capítulo General de los Dominicos
hace un llamamiento apremiante a la comunidad internacional.
Los
delegados en él presentes, llegados de más de cien
países, expresan su intensa preocupación por los perjuicios
repetidamente causados a la dignidad humana en tres ámbitos
particulares.
Lejos
de querer imponer su propia visión del mundo y permaneciendo
fiel a su tradición, la Orden de Predicadores (Dominicos)
invita a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a trabajar
juntos para poner fin a esas situaciones de injusticia que destruyen
a la persona humana.
Al
conservar, por un lado, la pena de muerte, al promulgar, por otro
lado, sanciones internacionales que golpean indiscriminadamente
a las poblaciones civiles y, por último, al privar a los
más desposeídos de la posibilidad de acceso a los
medios de curación, nuestras sociedades perpetúan
estructuras que envilecen tanto a quienes son víctimas como
a quienes las toleran.
Confiando
en la capacidad del hombre, creado a imagen de Dios, para resolver
los males que se inflige a sí mismo y contando con su experiencia
en los cinco continentes, los miembros de la Orden hacen un llamamiento
a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, y particularmente
a quienes comparten la fe católica, pidiéndoles que
hagan todo cuanto esté en sus manos para superar esas situaciones
de injusticia y para permitir que nuestras sociedades se convierten
en instrumentos al servicio del completo desarrollo del hombre.
Llamamiento
a la abolición de la pena de muerte
A/
Llamamiento a la abolición de la pena de muerte.
El
Capítulo General de la Orden de Predicadores, reunido desde
el 9 de julio hasta el 8 de agosto en Providence, R.I. (Estados
Unidos) y constituido por los delegados de los Frailes Dominicos
de más de cien países hace un llamamiento a todos
los Estados de la comunidad internacional para que procedan a abolir
la pena de muerte, sin demora y en toda circunstancia.
En
nombre de la fe y de los principios comunes de nuestra humanidad,
el Capítulo general hace un llamamiento a todos los hombres
de buena voluntad y, muy particularmente, a los católicos
para que trabajen con ardor en favor de la abolición de la
pena de muerte y para que se conviertan en actores de una cultura
de la vida.
B/
Llamamiento a una moratoria de las ejecuciones.
La
pena de muerte contradice la virtud política de la clemencia.
No sólo destruye la vida de la persona a quien se aplica,
sino que atenta igualmente contra la dignidad de los ciudadanos
en cuyo nombre se pronuncia o aplica.
Por
otro lado, las estadísticas judiciales muestran que la pena
de muerte no tiene un efecto disuasivo. Muestran también
que la pena de muerte es frecuentemente aplicada de modo discriminatorio
en detrimento de los más desposeídos, particularmente
aquellos que pertenecen a minorías.
Dado
su carácter definitivo, la aplicación de la pena de
muerte priva al condenado de toda posibilidad de corregirse, así
como de la facultad de reparar el perjuicio causado a sus víctimas.
Además,
dado su carácter irreversible, también priva a la
sociedad de todo medio de revisión en caso de error judicial.
Hace, en tales casos, que los ciudadanos, en cuyo nombre se pronunció
el veredicto, carguen con la responsabilidad de la muerte de un
inocente.
Igualmente,
haciendo suyo el llamamiento a una moratoria emitido por el Papa
Juan Pablo II (Navidad de 1998), el Capítulo General de la
Orden de Predicadores pide a todos los Estados que aún no
hayan abolido de la pena de muerte que suspendan sin demora las
ejecuciones.
Llamamiento
a la supresión de las sanciones económicas
El Capítulo General de la Orden de Predicadores, reunido
desde el 9 de julio hasta el 8 de agosto de 2001 en Providence,
R.I. (Estados Unidos) y constituido por los delegados de los Frailes
Dominicos de más de cien países, hace un llamamiento
a la revisión de las sanciones económicas.
Las
sanciones económicas, promulgadas como una alternativa al
uso de la fuerza, sobre todo contra Irak y contra Cuba, no han tenido
los efectos esperados en lo relativo a la democracia y a la paz,
pero han tenido efectos devastadores para las poblaciones civiles.
Las
sanciones económicas contra Irak, impuestas por el Consejo
de Seguridad de las Naciones Unidas para garantizar el restablecimiento
de la paz en la región del Golfo, han acarreado, según
ha reconocido la propia Organización, la muerte de varios
cientos de miles de niños de menos de cinco años de
edad (500.000 entre los años 1991 y 1995).
De
este modo, según un estudio de la O.N.U (E/CN.4/Sub.2/2000/33),
tales sanciones han violado el derecho internacional. Tal y como
ha reconocido el Secretario General de las Naciones Unidas (CS:
24/03/2000), han perjudicado a poblaciones a las que esa Organización,
por su propia misión, tenía el deber de proteger.
La
conservación, sin límite de tiempo, de tales sanciones
económicas se ordena actualmente más a la protección
de intereses particulares que al restablecimiento de la paz y la
seguridad de las poblaciones. Contribuye, además, a mantener
un clima de violencia en la comunidad internacional.
Apoyándose
sobre su fe cristiana y sobre una ética respetuosa de la
dignidad de toda vida humana, recordando los principios fundamentales
que rigen la comunidad internacional, el Capítulo General
de la Orden de Predicadores dirige un llamamiento a todas las partes
en conflicto para que busquen otros medios de solución pacífica
de los diferendos.
Haciendo
suyas las apelaciones del Papa Juan Pablo II y del Cardenal Etchegaray,
el Capítulo General de la Orden de Predicadores renueva así
el llamamiento que, por medio de su Delegado permanente ante la
ONU, dirigió a los responsables políticos y a los
ciudadanos de los países implicados, más particularmente
a los católicos, para que hagan todo lo posible para poner
fin a las sanciones que, todavía hoy, golpean indiscriminadamente
a las poblaciones civiles.
La
lucha contra el vih-sida en los países en vías de
desarrollo
Los
delegados de los Frailes Dominicos de más de cien países,
reunidos desde el 9 de julio hasta el 8 de agosto de 2001 en Providence,
R.I. (Estados Unidos), permaneciendo atentos al carácter
sagrado de la vida, lanzamos un llamamiento a todos los países
del mundo a propósito de la amenaza mundial que representa
la epidemia del SIDA. Unimos nuestras voces a la de la Santa Sede,
para pedir a las organizaciones nacionales e internacionales que
hagan todo lo posible por mejorar la vida de quienes sufren esta
enfermedad y para apoyar programas de prevención que respeten
la dignidad de la persona humana.
La
pandemia del SIDA es un drama mundial. Ha alcanzado proporciones
alarmantes en los países del Sur y muy especialmente en la
parte subsahariana del continente africano. Según la ONU,
de los 34,3 millones de pacientes que existen en el mundo, 24,5
millones viven en África y muy pocos de ellos tienen acceso
a cuidados médicos.
La
enfermedad es mundial, pero el acceso a los cuidados médicos
no está mundializado. Sin embargo, aunque aún no se
haya descubierto una vacuna, existen los medios que permiten limitar
esa epidemia. Tales medios son de tres tipos: cuidados médicos,
campañas intensas de información y de educación,
estructuras sanitarias adecuadas en todos los países contaminados.
El
deterioro de la salud pública en muchos países en
vías de desarrollo ha llamado la atención de la opinión
internacional sobre las crecientes dificultades de los mismos para
la obtención y producción de medicamentos en el marco
actual de la Organización Mundial del Comercio.
Los
remedios necesarios para la prevención y tratamiento del
SIDA se venden a precios inalcanzables para los países pobres,
que son los más afectados. Ahora bien, se acusa a algunas
compañías de preocuparse únicamente por el
beneficio, como se manifestó en el proceso de Johannesburg
en abril de 2001. A pesar de que ese proceso haya hecho retroceder
a las compañías por primera vez y de que permita esperar
una reducción del precio de los tratamientos mediante la
utilización de productos genéricos, los problemas
persisten.
·
Denunciamos los efectos perversos del actual uso de las patentes
farmacéuticas (Acuerdo TRIPS - Trade Related Aspects of Intelectual
Propety), que impide el acceso a los medicamentos genéricos
en los países en vías de desarrollo. Nos oponemos
a toda revisión de esos acuerdos que resulte desfavorable
para los países pobres y desprovistos.
·
Pedimos a los gobiernos de los países más ricos que
concedan a los países pobres y endeudados una condonación
de la deuda que les permita asignar ese dinero a la lucha contra
el SIDA.
·
Pedimos que los gobiernos de los países en vías de
desarrollo, ayudados por las ONG, pongan en marcha una política
eficaz de información y prevención, de defensa de
la familia y de educación de la sexualidad humana; que hagan
de la lucha contra el SIDA una prioridad nacional; que importen
y produzcan ellos mismos una mayor cantidad de productos genéricos;
que garanticen, con la ayuda internacional, las estructuras materiales
indispensables para que los enfermos puedan acceder a los cuidados
médicos.
·
Pedimos a la Organización de las Naciones Unidas (ONUSIDA)
que actúe por todos los medios ante las industrias farmacéuticas
y ante los Estados, con el objeto de poder en marcha una política
eficaz de lucha contra el SIDA en los países en vías
de desarrollo y de activar el Fondo de Apoyo Terapéutico
Internacional (FSTI).