Fr.
Carlos, ¿puedes contarnos algo de tus primeros años
en Argentina, y de lo que te llevó a la Orden de Predicadores?
Nací
en Buenos Aires (Argentina), el 30 de octubre de 1956. Cumpliré
cuarenta y cinco años el próximo octubre. Soy el octavo
de una familia de catorce - trece hermanos y una hermana. Uno de
mis hermanos murió en 1988, era joven, así que ahora
somos trece. Mi padre era un agrónomo o ingeniero agrónomo,
mis abuelos paternos eran de Navarra (España). Por eso mi
apellido es Azpiroz - un nombre vasco.
Mi
madre, también, ha desempeñado un papel importante
en mi vida: ella me transmitió los primeros valores de la
fe. Velaba por las necesidades de la gran familia que formábamos
con mucha delicadeza y una dulce sabiduría. Ella fue un modelo
de vida cristiana, con una notable discreción y una gran
finura. Me es difícil evaluar a qué clase social pertenecíamos;
lo que puedo decir es que nunca nos faltó de nada. Y aunque
recibimos una buena educación, tuvimos un estilo de vida
muy sencillo. Yo siempre usé la ropa de mis hermanos mayores,
y siempre compartimos nuestros juguetes y demás cosas, de
tal forma que, de algún modo, ¡esto me sirvió
de preparación para la vida común! Mi casa era como
un convento, por decirlo así. Tengo recuerdos maravillosos
de la vida de familia. Estudié en el Colegio Champagnat,
dirigido por los Hermanos Maristas..
¿Había
un rancho familiar en Argentina?
Mi
padre trabajaba de administrador de las propiedades de la familia
en la Ciudad de Buenos Aires, y también se dedicaba a la
administración de un campo. Todavía hoy es un lugar
donde se reúnen mis hermanos y sobrinos. Cuando tengo la
oportunidad de tener vacaciones me junto con ellos allí.
Era también un lugar para crecer y para trabajar. Mi padre
nunca nos permitía no hacer nada. Durante las vacaciones
nos daba trabajo. Estábamos allí para descansar, trabajar
y aprender, no sólo para mirar al cielo.
También
jugábamos al fútbol y a toda clase de deportes cuando
éramos jóvenes. Nos encantaban los caballos. Cuando
tienes una familia numerosa, tienes también muchos amigos.
Las familias pequeñas a veces cierran sus puertas a los otros,
pero mi casa era muy grande, venían a ella muchos amigos
y, después de mi ingreso en la Orden, íbamos al campo
con los compañeros frailes dominicos, comiendo, compartiendo,
jugando al fútbol, discutiendo, ¡viviendo! Lo pasamos
muy bien.
¿Cómo
fue tu educación?
Fui
estudiante de abogacía en la Pontificia Universidad Católica
de Buenos Aires, Santa María de Buenos Aires, y algunos de
mis profesores en Teología eran dominicos. Esto era en 1978,
un año muy apasionante pero también un tiempo doloroso,
porque Argentina vivía una situación política
y social incierta. Yo no era muy consciente de la situación
política. Tenía veintidós años, pero
estaba bastante seguro de que sería sacerdote. Ese año
fue muy especial. Yo había tenido novia, pero habíamos
terminado nuestra relación, si bien no terminamos porque
quisiera ser sacerdote. Con frecuencia existen cosas inconscientes
que actúan en nuestro corazón. Cuando acabé
la educación secundaria, estaba seguro de que quería
ser sacerdote, pero empecé a estudiar derecho civil porque
el estudio, y en cierta medida la práctica del derecho, era
una parte muy importante de mi vida cotidiana, y también
me gustaba. Disfruté muchísimo de la carrera. Como
acabo de decir, tuve dos profesores, profesores dominicos, que me
enseñaron Teología Moral, y yo estaba muy interesado
en la materia. Todos los días en la clase yo era el que hacía
las preguntas. Me gustaba mucho hablar del tema. En una ocasión
uno de ellos, asistente de la Cátedra, me invitó al
convento ¡fue un honor para mí! Así que en 1979
fui a pasar unos días al noviciado, sólo para tener
una experiencia de la vida dominicana. No tenía mucho tiempo,
pues estaba en mi último año de estudios. Entonces
era presidente del Centro de Estudiantes de la facultad de Derecho,
a través de elecciones democráticas. Por aquel tiempo
nos encontrábamos bajo el régimen militar, pero en
la Universidad Católica, gracias a Dios, podíamos
realizar algún tipo de actividades a través del centro
de estudiantes. Entonces nos presentamos como grupo a una elección,
ganamos, y pasamos un año organizando diversas actividades:
sociales, recreativas, deportivas, culturales, catequísticas
-preparando estudiantes para la confirmación- y muchas otras
cosas. Eso fue muy importante para nosotros, pues en ese tiempo
no era fácil comprometerse en actividades sociales de este
tipo.
Después
fui al convento del noviciado y cuando terminé mi breve experiencia
de cuatro días de retiro, me sentí seguro de que ese
era el lugar para mí. Tenía entonces veintitrés
años. En efecto, celebré los venticuatro años
a la mitad del noviciado. Hoy en día, 24 años son
quizás pocos, pero en 1980 era más normal inicial
un camino vocacional en una edad así. Éramos doce
en el noviciado, y de mi curso quedan seis frailes sacerdotes. De
todas formas, en mi caso, creo de verdad haber escuchado la voz
de Jesús que me llamaba a la Orden. Intenté terminar
los estudios de abogacía antes de entrar en la Orden, pero
no pasé el último examen final, justo una semana antes
de viajar al Noviciado. Por tanto, rendí esa materia después
de emitir los primeros votos el 28 de febrero de 1981. Así
que soy abogado en el sentido de haber completado todos los requisitos
académicos.
¿Hay
algunas figuras o mentores dominicanos especiales, dentro o fuera
de tu provincia, que te hayan verdaderamente inspirado?

Al
principio, desde luego, debo admitir que dos frailes, en especial,
me inspiraron. Uno de ellos, un fraile estudiante y también
auxiliar de cátedra de Teología Moral. Después
dejó la Orden. Es un hombre de una gran bondad. Aún
trabaja con los frailes en uno de los Colegios, es un experto en
cuestiones de pedagogía y educación. El otro fraile,
Fr. Miguel Cardozo, era a la sazón maestro de estudiantes
en Santo Domingo de Buenos Aires, y aún es miembro de esa
comunidad. Después, por supuesto, quisiera mencionar a mi
maestro de novicios, Fr. Vicente Argumedo.
Yo
admiro a mis hermanos
, realmente quiero a los frailes. Permíteme
nombrar también a Fray Domingo Basso, - prefiero decir siempre
"Fray" y no "Padre"-, Fray José María
Rossi, por citar sólo algunos. Pero no se trata aquí
de hacer propaganda de algunos frailes cuando tengo tal afecto por
tantos frailes argentinos o de otras partes de la Orden. ¡Además
no quisiera hacer tanta propaganda de los frailes de mi propia provincia!.
Después
quedé sorprendido en Santa Sabina por el calor humano y la
amabilidad de Timothy y de Damian Byrne. Recuerdo a Damián
especialmente. Siempre me impresionó su sencillez, él
vivía verdaderamente la pobreza, tenía un especial
sentido de la misión de la Orden. Como he dicho, admiro de
verdad a mis hermanos dominicos.
Entre
los diversos ministerios que has ejercido, ¿cuáles
son los que sabías que afectaban verdaderamente a la misión,
y por qué?
Recuerdo,
hace años, que intentamos en una asamblea provincial planificar
un proyecto de provincia. Era muy importante llegar a una profunda
y común comprensión de la vida intelectual de la Orden
y, al mismo tiempo, de la misión de la Orden especialmente
en medios pobres - una misión en el sentido tradicional,
una misión para los pobres y en zonas necesitadas -, me refiero
a cierta evangelización inicial.
Enseñar
para mí ha sido una de mis ocupaciones favoritas. Yo enseñé
muchos años en la Universidad Católica: enseñaba
teología a muchos estudiantes diferentes; los que estudiaban
derecho civil, economía, ingeniería y muchas otras
carreras. Les enseñaba a todos teología. Y el reto
de enseñar teología a personas que quizá no
saben nada de Jesucristo es muy importante. Pero también
he disfrutado mucho compartiendo la misión, junto con laicos
y religiosas dominicas, en medios o sitios donde la gente pocas
veces ha oído predicar la Buena Noticia.
En
Argentina existen muchos lugares donde hay mucho sufrimiento. Y
trabajar en estos sitios abrió mi espíritu, mente
y corazón, pues no conocía de verdad la realidad de
mi país y de la Iglesia hasta que me hice dominico. Es extraño:
a veces la gente dice que no conocemos nada del mundo porque somos
religiosos, vivimos en conventos, enclaustrados, y otras cosas por
el estilo. Pero fue precisamente el hecho de ser dominico lo que
me ha abierto los ojos, me ha abierto los oídos, me ha abierto
la boca, ¡para entender la realidad -la auténtica realidad-
del mundo! Es extraño, ¿no? Algunos dicen: "ustedes
viven en conventos, están fuera del mundo, ni siquiera son
miembros de un instituto secular - ¿cómo pueden conocer
la realidad?" Pero yo he conocido, y entendido un poco más
los verdaderos problemas del mundo siendo dominico, y esto es lo
que aprendemos y predicamos a la gente, sea en una facultad universitaria
o en una misión entre los pobres.
¿Recuerdas
una situación graciosa en la que hayas encontrado como religioso?
¿En
mi vida religiosa? ¡Claro que sí! Recuerdo que una
de las experiencias más hermosas durante mis años
de estudiante dominico fue la de ser coordinador de algunos aspectos
de nuestras asambleas provinciales -Encuentros de Provincia- durante
dos años consecutivos. En efecto, nuestra provincia, la de
Argentina, tiene una bella costumbre: una vez al año, durante
tres días o cuatro, se reúnen todos los frailes profesos
solemnes para reflexionar juntos sobre diferentes cuestiones. Naturalmente
era un tiempo de alegría, lo pasábamos bien, cantábamos,
y eso me recuerda muchos momentos alegres. Yo intentaba hacer reír
a mis hermanos, los animaba a jugar, a divertirnos y a cantar. Es
lo primero que me viene a la mente.
Pero
recuerdo una situación particular. Se refiere a cuando Timothy
Radcliffe llegó a la curia en Santa Sabina. ¿Conoces
el corredor de la curia? Bueno, en este corredor hay una galería
hermosa que contiene todos los retratos de los Maestros de la Orden.
El de Timothy acaba de ser puesto, pocos días antes del inicio
de este Capítulo ¡y es magnífico! Ahora bien,
yo quería gastarle una broma. Lo hice porque ya le conocía
de paso, ya que me había encontrado con él varias
veces siendo él provincial de Inglaterra y miembro del Directorio
del Angelicum; para estos encuentros tenía la costumbre de
ir a Santa Sabina. Como yo era ecónomo del convento, mientras
estudiaba Derecho Canónico, por fuerza lo he conocido. Y
sabía que tenía sentido del humor.
Yo
soy argentino y él inglés, pero nos entendimos mutuamente.
En el momento en que llegó a Santa Sabina como Maestro de
la Orden recién elegido, la tarde del 5 de septiembre de
1992, yo tenía una copia pequeña de una de las fotos
oficiales tomadas en el Capítulo de México a la que
había puesto un marco. La colgué en la pared del corredor
inmediatamente detrás del retrato, de gran talla, de Damián
Byrne. Pedí permiso sólo al prior, que pensó
que Timothy no lo tomaría a mal. Cuando Timothy llegó
a Santa Sabina, llevé sus maletas, y lo conduje hacia sus
nuevas habitaciones. Como teníamos que pasar por el pasillo
en cuestión, le enseñé los retratos de los
Maestros. En ese momento, se unió a nosotros la superiora
de la comunidad de hermanas - son las religiosas que están
al cuidado de los frailes en Santa Sabina.
Según
íbamos por el corredor, Timothy contemplaba los retratos,
esos enormes y grandes retratos, por fin llegó frente al
de Damián Byrne, para -a continuación- echar una mirada
a esa minúscula fotografía de él mismo en la
pared, al lado de la de Damián - se detuvo y se fijó
en ella simplemente. En ese momento yo estaba preocupado de que
no digiriera bien el chiste. Me dije para mí: "Mamma
mia!". Él se volvió hacia la religiosa y dijo,
en un mal italiano pero con gran humor: "¡no te preocupes,
con la ayuda de tu pasta en nueve años seré grande
como los otros!". He mantenido siempre conmigo esta pequeña
foto en su marco y ahora la tenía en mi despacho personal
seguiré llevándola conmigo para tener cada día,
enfrente de mí, la sonrisa de Timothy
Si
tuvieras que dirigirte a chicos o chicas jóvenes que buscan
un sentido a sus vidas actuales o que piensan en la vida consagrada,
¿qué les dirías?
Para
mí, la vida consagrada significa algo así como tener
los dos pies en la tierra, pero sin techo por encima de nuestras
cabezas. Algunos piensan que la vida consagrada nos encierra. ¡Nada
de eso! Sin techo significa que no existen límites por arriba,
pero debemos estar bien enraizados en la realidad. Y yo creo que
recibir esto es un don de Dios. La tentación hoy es la alienación
del mundo -pues ciertas personas no aman el mundo tal como se les
presenta- e intentan huir del mundo. Tenemos los pies en el mundo,
pero con horizontes amplios, sin techo alguno por encima de nuestras
cabezas, sin muros que aprisionen, sino marchando hacia delante,
con Domingo. Pienso que muchos jóvenes deberían conocer
el gran reto de predicar como dominicos. Y no estoy hablando únicamente
a los frailes o a las hermanas, sino también a los laicos.
Ellos deberían tener una gran confianza en esta vocación.
Esta es mi idea personal.
Dado
tu conocimiento del derecho y tu experiencia en materia de derecho
canónico, ¿cómo describirías el genio
y el espíritu de las Constituciones dominicanas?
No
quisiera exagerar, pero siempre he mantenido que las Constituciones
de la Orden dominicana - la herencia más importante que santo
Domingo ha legado a la Orden - es un libro espiritual. Evidentemente
no es un libro de mística. Algunos santos y santas han dejado
a la Iglesia su diario personal y sus memorias íntimas, como
el beato papa Juan XXIII. Otros, como san Ignacio, nos han dejado
sus ejercicios espirituales. Pero Domingo nos ha dejado nuestras
Constituciones.
Las
Constituciones dan a los frailes el coraje para ayudarse mutuamente,
porque en cada uno de los frailes se encuentra una palabra de luz
y una palabra de gracia para mí. Las Constituciones de la
Orden son una catedral del derecho constitucional. Y ellas nutren
la confianza que tenemos los unos para los otros. No esperamos la
palabra o las órdenes de un abad, por ejemplo - por supuesto
no estoy en contra de los abades -, pero nuestros superiores no
son abades. Las Constituciones nos preparan para el verdadero debate
y para la escucha de la palabra de los otros, y eso es un verdadero
regalo de Dios. Además, ellas nos permiten desarrollar una
actitud más misericordiosa para con nuestro prójimo.
Esto significan, para mí, las Constituciones.
A
la luz de los nuevos retos a los que se enfrenta nuestro mundo actual,
¿cuáles serían, en tu opinión, las cuestiones
prioritarias? ¿Alguna orientación especial que quisieras
presentar a nosotros como dominicos?
Bueno,
habrá que ver lo que dice el Capítulo. Las Actas del
Capítulo trazarán nuestras líneas directrices
para los tres próximos años. No nos dejamos invadir
por el miedo. No tengo yo un programa personal, porque estoy aquí
para escuchar a los frailes y ver lo que saldrá de las Actas.
Desde luego, la primera semana, la que precede a la elección,
ha sido una semana muy especial; el solo hecho de compartir conjuntamente
los desafíos de la contemplación y de la predicación
en un mundo globalizado es un ejemplo de ello.
Pero,
como dije a mis hermanos cuando me preguntaron cuáles eran
los dos temas que me parecían más importantes en la
Iglesia y en la Orden en este momento, les contesté: primero,
el diálogo entre las grandes religiones, y en segundo lugar
- y podría servir de plan para numerosas discusiones para
el próximo milenio -, los derechos humanos, los derechos
de la persona humana. Porque mucha gente no cree en Dios, y nosotros
debemos predicar a partir de algo que tengamos en común.
Es imposible iniciar un diálogo sin una herencia común,
como en cierto sentido afirmaba santo Tomás.
¿Cuál
es la palabra del Evangelio más significativa para ti?
Para
mí, el pasaje favorito del Evangelio es cuando Jesús
se encuentra con Pedro en la orilla del mar y le pregunta por tercera
vez: "¿me amas?". Eso sucede después de
la pasión y las tres negaciones. Pedro dijo: "tú
lo sabes todo, tú sabes que te amo". Es mi pasaje preferido,
pues nos muestra que son necesarias dos cosas: el conocimiento de
Dios, ya que Pedro dice "tú me conoces", "tú
sabes" - y nuestro amor. Al mismo tiempo esta confesión
de Pedro es diferente de la que tuvo lugar en el momento de la así
llamada primera pesca milagrosa: "Señor, apártate
de mí, que soy un pecador". En la primera confesión,
Pedro está concentrado aún en sí mismo. En
la segunda, se concentra más en Cristo: "Tú lo
sabes todo".
Oímos
a menudo que los dominicos deben estar en vanguardia del campo apostólico,
en las fronteras de la evangelización. ¿Cuáles
son algunos de los nuevos campos apostólicos en los cuales
debemos involucrarnos?
Creo
que hay muchas fronteras que necesitamos considerar. Recuerdo con
especial gratitud el Capítulo de Ávila de 1986 con
su mensaje acerca de las fronteras. Creo que fue una bella descripción
que une ese Capítulo con las prioridades enumeradas en Quezon
City en 1977. En efecto, Ávila intentó elaborar las
prioridades de Quezón City con un acercamiento más
renovado. Y pienso que expresan para mí en sentido amplio
la misión de la Orden. Pero, de nuevo, es mejor esperar a
las próximas Actas.
¿Deseas
compartir con la familia dominicana una palabra de esperanza?
Bien,
yo no participé en el encuentro de Manila, pues todos no
podían ir y yo tenía trabajo en Santa Sabina. El lema
ha sido "nuevas voces para el tercer milenio". Esta asamblea
nos dio un sentido especial de celebración, celebrar nuestra
vocación común. La familia dominicana es como una
orquesta sinfónica. En una orquesta sinfónica hay,
sin duda, toda clase de instrumentos. Tienes de todo, desde los
instrumentos de percusión hasta los flautistas. Puede que
a alguno no le guste la flauta o el tambor, pero cuando suenan juntos,
la orquesta sinfónica suena bien. Cada una de sus partes
se necesitan mutuamente. La verdad es sinfónica, la verdad
es nuestra música. Y si pudiera imprimir en el espíritu
de todos los capitulares un recuerdo de Timothy, diría que
él nos invitó una y otra vez, a cantar una nueva canción.
Interpretando esa música, la música de la verdad,
llegamos a ser una bella orquesta sinfónica.