Conferencia
en el Capítulo General de la Orden de Predicadores
Providence, Rhode Island, Julio de 2001
En
el momento de ser recibidos en la Orden de Predicadores, a todos
y cada uno de nosotros se nos preguntó: "¿Qué
pides?" Y contestamos: "La misericordia de Dios y la vuestra".
Esta mañana me encuentro aquí, en el Capítulo
General de la Orden, para hablaros sobre el tema de la contemplación.
Soy consciente, como quizás nunca antes lo he sido, de mis
propias limitaciones y también, por lo mismo, de lo mucho
que necesito de la paciencia y la compasión de mis hermanos.
Dios sabe que todavía soy un pobre novicio en la vida de
oración y de contemplación. Y no me cabe duda de que
esta charla es la más difícil que jamás se
me haya pedido. Así pues, hermanos, os pido con toda sinceridad
que tengáis compasión de mí y de mis palabras.
Una
característica distintiva de muchos de nuestros santos y
predicadores dominicos más conocidos ha sido su gran fidelidad
a la vida de oración y contemplación. Ahora bien,
por lo menos hasta hace muy poco tiempo, la Orden ha sido generalmente
conocida en la Iglesia más por su talla intelectual que por
su celo contemplativo. Hoy, sin embargo, todo eso está empezando
a cambiar. Por ejemplo, en este momento tenemos a nuestra disposición
más traducciones que nunca de los escritos de autores como
Juan Taulero, Catalina de Siena, Enrique Susón y el maestro
Eckart. Sucede incluso que Santo Tomás de Aquino, que siempre
fue venerado en la Iglesia como un teólogo dogmático,
actualmente es considerado por muchos como un maestro espiritual.
Parecería
que, de repente, tenemos la oportunidad de permitir que la dimensión
contemplativa de nuestra tradición hable a una nueva generación
con una autoridad profunda e impresionante. Pero nuestra tarea inmediata
y, sin duda, el motivo de la charla de esta mañana es consentir
que esta tradición nos hable a nosotros mismos en primer
lugar, aquí y ahora, y que se dirija no sólo a nuestros
corazones y nuestras mentes, sino también a la manera en
que vivimos nuestras vidas como predicadores. Por supuesto, todos
los que estamos aquí nos sentimos deudores del testimonio
de nuestras hermanas dominicas contemplativas. No sabría
expresar la deuda tan grande que tengo con la comunidad de hermanas
del convento de Siena en Droheda, Irlanda. Y algunos de vosotros,
si no todos, sois conscientes del reconocimiento pleno del testimonio
de las hermanas contemplativas expresado por el maestro Timothy
en su más reciente carta a la Orden.
Hay
que decir que no todas las formas de contemplación han sido
reconocidas por nuestros predecesores dominicos. De hecho, en el
Vitae fratrum, se ha conservado el relato real de un desafortunado
fraile que estuvo a punto de perder la fe a causa del exceso de
"contemplación". En esta línea, en su largo
tratado sobre la contemplación, Humberto de Romanis se queja
abiertamente de las personas cuya "única pasión
es la contemplación". Esa gente busca, dice él,
"una oculta vida de quietud" o "un lugar retirado
para la contemplación", y entonces se niegan "a
responder a la petición de ser útiles a los demás
mediante la predicación".
Vale
la pena señalar aquí que la palabra "contemplación"
no posee en estos primeros textos dominicanos el carácter
esotérico y altamente místico que posteriormente adquirirá
en el siglo XVI. Es verdad que esa palabra puede estar ocasionalmente
relacionada con las nociones de retiro y de huida, pero tiende a
tener una connotación más sencilla y elemental. De
hecho, a menudo puede significar poco más que un simple acto
de atención o de estudio orante. (En tiempos modernos, para
aumentar la confusión, tendemos a usar la palabra "contemplación"
como un sinónimo común de oración)
Es
obvio que Humberto de Romanis no intenta en modo alguno presentar
como opuestas la vida de oración y la vida de predicación.
"Dado que el esfuerzo humano no puede lograr nada sin la ayuda
de Dios", escribe, "lo más importante de todo para
el predicador es que debe recurrir a la oración". Ahora
bien, la vida de oración y contemplación que Humberto
de Romanis y los primeros dominicos recomendarían, contemplación
que constituye también el tema central de esta charla, es
aquella que nos movería, utilizando la excelente frase de
Humberto, "a salir a la luz pública", es decir,
a comenzar a realizar la tarea de la predicación.
Para
comenzar nuestras reflexiones, sugiero que no nos fijemos primeramente
en ninguno de los textos más famosos de nuestra tradición,
sino en el texto de un dominico francés anónimo del
siglo XIII. Encontré este texto escondido en un enorme comentario
bíblico sobre el libro del Apocalipsis que había sido
atribuido a Santo Tomás durante muchos siglos. Sin embargo,
actualmente se considera que ese trabajo fue elaborado por un equipo
de dominicos que trabajó en Saint-Jacques de Paris bajo la
supervisión de Hugo de Saint-Cher entre 1240 y 1244. Aunque
la mayor parte del comentario es bastante aburrido, algunos textos
están elaborados con una claridad y una fuerza que, en ciertos
momentos, recuerdan la obra de la contemplativa francesa moderna
Simone Weil. En uno de esos pasajes, el autor dominico en cuestión
afirma que, entre las cosas que"un hombre ha de ver en la contemplación"
y debe "escribir en el libro de su corazón", están
"las necesidades de su prójimo":
"Debe
ver en la contemplación lo que le gustaría haber hecho
por sí mismo si se encontrase en tal necesidad y cuán
grande es la debilidad de cada ser humano
Entienda, por lo
que conoce de sí mismo, la condición de su prójimo
('Intellige ex te ipso quae sunt proximi tui'). Y lo que vea en
Cristo y en el mundo y en tu prójimo, escríbalo en
tu corazón".
Estas
líneas son memorables por la atención compasiva que
prestan al prójimo en el contexto de la contemplación.
Pero me gustaría pensar también que su énfasis
en el verdadero conocimiento de uno mismo, así como su sencilla
apertura a Cristo, al prójimo y al mundo, tienen un matiz
distintivamente dominicano. El pasaje termina con una referencia
sencilla, pero impresionante, a la tarea de la predicación.
Nuestro autor nos exhorta, en primer lugar, a entendernos a nosotros
mismos y a estar atentos a todo lo que vemos a nuestro alrededor
y en nuestro prójimo, y también a reflexionar en lo
más profundo de nuestro corazón sobre las cosas que
hemos observado. Y entonces se nos pide que salgamos y vayamos a
predicar: "Primero, ve; después, escribe; y más
tarde, envía. Lo primero que se necesita es el estudio; después,
la reflexión en lo más hondo del corazón y,
a continuación, la predicación".
El
resto de mi charla estará dividido en tres secciones: 1)
La contemplación como visión de Cristo. 2) La contemplación
como visión del mundo. 3) La contemplación como visión
del prójimo.
La contemplación: una visión de Cristo.
Si
uno habla sobre el tema de la contemplación, el primer nombre
que a muchos se les ocurre es el de San Juan de la Cruz, carmelita
místico español. Pero no es de Juan el carmelita de
quien quiero hablar aquí, sino que me gustaría hablar
brevemente de un autor espiritual mucho menos conocido, un hombre
cuyo nombre, por casualidad, es el mismo que el del famoso Juan
de la Cruz. Pero este otro Juan, el Juan de la Cruz menos conocido,
autor espiritual del siglo XVI, era en realidad dominico.
Cuando
Juan de la Cruz, el dominico, publicó hacia mediados del
siglos XVI su obra principal, El diálogo, la vida de oración
o de contemplación era considerada en muchos lugares de Europa
como una actividad muy difícil y altamente especializada.
Existía el riesgo, por lo tanto, de que toda una generación
de personas pudiera empezar a perder contacto con la enorme sencillez
del evangelio, e incluso dejar de encontrar estímulo en la
enseñanza del propio Cristo sobre la oración. Lo que
más me impresiona del dominico Juan de la Cruz es el modo
en que criticó como exagerado el énfasis que en ese
período se ponía en la necesidad de experiencias interiores
especiales, y también la manera en que defendió la
simple oración vocal, subrayando la importancia que para
la transformación espiritual tienen los esfuerzos diarios
del cristiano que trata de vivir una vida de virtud.
En
su Diálogo, Juan de la Cruz estaba claramente decidido a
desafiar a aquellos contemporáneos que en sus escritos tendían
a exaltar la oración como algo fuera del alcance humano,
y que hablaban de la contemplación de un modo elitista y
exclusivo. Consiguientemente, con la sal del evangelio en sus palabras
-y con un humor ciertamente agudo- el dominico afirmó: "Si
de hecho sólo los contemplativos en el sentido estricto de
la palabra pueden alcanzar el cielo, entonces, en lo que a mí
toca, tendría que decir lo mismo que el emperador Constantino
contestó al obispo Acesius, quien se había mostrado
sumamente inflexible en el Concilio de Nicea: '¡Toma tu escalera
y sube al cielo por tus propios medios si eres capaz, porque el
resto de nosotros no somos sino pecadores!' ".
Esta
contestación aguda y vibrante me recuerda un comentario no
menos ameno y entretenido, hecho por un anciano dominico de esta
provincia de San José. Tengo entendido que era afectuosamente
conocido como padre "Buzz" (Bebida). Había venido
de Memphis (Tennessee). En cierta ocasión, no sintiéndose
bien de salud, fue a visitar a su médico, el cual le dijo:
"Padre, siento decirle que lo mejor que puede usted hacer es
dejar de beber alcohol totalmente". A lo que el dominico contestó:
"Doctor, yo no soy digno de lo mejor. ¿Qué hay
por debajo de lo mejor?".
En
la invectiva o humor agudo del dominico Juan de la Cruz subyace
una importante declaración, que es la siguiente: la oración
o la contemplación no es algo que pueda conseguirse con el
simple esfuerzo humano, aunque sea bien intencionado o extenuante.
La oración es una gracia. Es un regalo que nos eleva más
allá de lo que pudiéramos haber logrado en la vida
a través de la práctica ascética o de técnicas
meditativas. Por tanto, la comunión con Dios, la amistad
real con Dios en la oración, aún cuando sea imposible
para los más fuertes, es algo que el propio Dios puede conseguir
para nosotros en un instante, si Él lo desea. ¡"A
veces", se atreve a afirmar una homilía dominicana del
siglo XIII, "un hombre está en estado de condenación
antes de comenzar su oración y, antes de que la termine,
se encuentra ya en un estado de salvación"!
William
Peraldus, el predicador de esa homilía, al responder a la
pregunta "¿por qué todos deben estar contentos
por aprender a orar?", hace una declaración que apenas
volveremos a escuchar en los tres siglos posteriores. Pues, en ese
tiempo, como ya he indicado, se pensaba que la oración en
su forma más auténtica era algo muy difícil
de conseguir. El dominico Peraldus afirma sin ningún tipo
de vacilación: "¡la oración es una tarea
muy sencilla!".
Quizás
esta declaración puede parecer ingenua. Pero creo que su
autoridad procede del propio evangelio. Pues, ¿acaso no es
cierto que en el evangelio somos alentados por Cristo a orar con
sencillez de corazón y con sinceridad? Cuando, a lo largo
de los años, los dominicos se han ido confrontando a sí
mismos con métodos y técnicas detalladas de meditación,
y con largas listas de instrucciones acerca qué hacer y qué
no hacer durante la meditación, su reacción ha sido
casi siempre la misma: sentir instintivamente que algo no funciona.
Por
ejemplo, es típica la reacción de Bede Jarrett. En
un lugar señala con verdadero pesar que, a veces, la oración
puede verse "reducida a reglas duras y rígidas"
y que puede estar tan "reglamentada y trazada" que "ya
no se parece en nada al lenguaje del corazón". Cuando
esto sucede, en las memorables palabras de Jarrett, "ha desaparecido
toda la aventura, todos los toques personales y toda la contemplación.
Estamos demasiado angustiados y atormentados para pensar en Dios.
Las instrucciones son tan detalladas e insistentes que nos olvidamos
de lo que estamos intentando aprender. La consecuencia es que nosotros
nos aburrimos y que, sin duda, también Dios se aburre".
Santa
Teresa de Ávila, escribiendo en cierta ocasión acerca
la oración, hace una confesión realmente importante.
Dice que "algunos libros sobre la oración" que
estaba leyendo la animaron a dejar de lado como un estorbo positivo
"el pensamiento de la humanidad de Cristo". ¡Teresa
intentó seguir este camino durante algún tiempo, pero
pronto se dio cuenta de que una vida de oración que excluía
a Cristo era, por lo menos, tan equivocada como mística!
Menciono aquí estos hechos porque resulta aleccionador señalar
la reacción a esta clase de misticismo abstracto por parte
de otro dominico del siglo XVI, el tomista práctico Francisco
de Vitoria. Escribe Vitoria:
"Hay
un nuevo tipo de contemplación practicada en estos días
por los monjes, que consiste en meditar en Dios y en los ángeles.
Pasan mucho tiempo en un estado de elevación sin pensar en
nada. Esto es, sin duda, muy bueno, pero yo no encuentro eso en
la Sagrada Escritura y, honestamente, no es lo que los santos recomiendan.
La contemplación genuina es la lectura de la Biblia y el
estudio de la verdadera sabiduría".
Esta
última afirmación de Vitoria revela, si no estoy confundido,
la influencia directa de santo Domingo. Domingo, como bien sabéis,
nunca compuso para sus hermanos ninguna clase de devocionario, ni
texto espiritual, ni testamento. Fue ante todo un predicador, no
un escritor. Y aún después de tanto tiempo tenemos
disponibles dentro de nuestra tradición un gran número
de detalles referentes a su modo de oración y de contemplación.
Una de las causas de esto reside el extraordinario temperamento
de Santo Domingo. Poseyó una naturaleza tan exuberante que,
lejos de ser suprimida por la vida de oración y de contemplación,
parece haber sido maravillosamente despertada y desarrollada por
ella. Era un hombre, como señaló en cierta ocasión
el cardenal Villot "increíblemente libre". En particular,
en la oración apenas podía controlarse. A menudo clamaba
a Dios en voz alta y con gritos. En consecuencia, su oración
privada era una especie de libro abierto para sus hermanos. Durante
la noche, cuando se encontraba solo en la Iglesia, a menudo se escuchaba
el eco de su voz por todo el convento.
Domingo
reza con todo lo que es, cuerpo y alma. Reza en privado con intensidad
y humilde devoción. Y, con la misma profundidad de fe y emoción,
reza en publico la oración de la misa. Aunque la intensidad
de la fe y de los sentimientos de Domingo puedan parecer infrecuentes,
así como sus largas vigilias nocturnas, su oración
parece no distinguirse de la de cualquier devoto cristiano, hombre
o mujer. Su oración no es de ninguna manera esotérica.
Es siempre sencilla y eclesial.
Desde
mi punto de vista, uno de los grandes méritos de la tradición
contemplativa dominicana es su resistencia obstinada al aura esotérica
o al sofisticado encanto espiritual que tiende a rodear el asunto
de la contemplación. Por ejemplo, un conocido predicador
de la Provincia inglesa, el norirlandés Vicente McNabb, con
su característico buen humor, gustaba siempre de bajar el
asunto de la contemplación de las altas nubes del misticismo
al simple terreno de la verdad del evangelio. A propósito
de la cuestión de la oración tal y como se presenta
en la parábola del fariseo y del publicano, escribe McNabb:
"El
publicano no sabía que había sido justificado. Si
le hubieras preguntado: '¿puedes orar?', él habría
respondido: 'no, no puedo orar. Pensaba preguntarle al fariseo.
Parece conocerlo todo. Sólo puedo decir que soy un pecador.
Mi pasado es tan terrible que no puedo imaginarme a mí mismo
orando. Soy más experto en el asunto del robo' ".
En
Los nueve modos de oración podemos vislumbrar al propio Santo
Domingo repitiendo la oración del publicano mientras yacía
postrado en el suelo ante Dios. "Su corazón", se
nos dice, "estaba movido por el arrepentimiento y, avergonzado
de sí mismo, diría, a veces con la suficiente fuerza
como para ser escuchado, las palabras del evangelio 'Señor,
ten piedad de mí, que soy un pecador' ".
Encuentro,
sin excepción, que lo que más admiro en la vida de
oración de los predicadores dominicos es que hay siempre
algo de esa indigencia común y de esa sencillez del evangelio.
Durante su oración, estos predicadores no tienen miedo de
hablar con Dios directamente, como si fuera un amigo. Pero siempre
vuelven instintivamente a la oración sincera de petición
del evangelio. Por ejemplo, Santo Tomás nos dice:
"Vengo
ante Ti como pecador, oh Dios, fuente de toda misericordia. Estoy
manchado y te pido que me limpies. Oh sol de justicia, dale vista
al hombre ciego
Oh rey de reyes, viste al que está
abandonado
(
)
Omnipotente y eterno Dios, Tú ves que estoy acudiendo al
sacramento de tu único Hijo nuestro Señor Jesucristo.
Vengo a Él como el enfermo que acude al sanador que da vida,
como el impuro que acude a la fuente de la misericordia
, como
quien es pobre e indigente y acude al Señor de cielo y tierra".
Las
palabras de esta oración son rezadas con una profunda pobreza
de espíritu. Pero la oración se dice con absoluta
confianza. Y ¿por qué? Porque las palabras de la oración
son las palabras del evangelio. Y porque Cristo, el sanador que
da vida y es fuente de misericordia, está en su centro.
La contemplación: una visión del mundo.
En
algunas tradiciones religiosas, la vida contemplativa implica un
desprendimiento casi total del mundo y, en el caso de algunos religiosos
ascéticos, un rechazo no sólo de su familia inmediata
y de sus amigos, sino también de las personas en general
o, por lo menos, de aquellos que parecen estar dominados por la
debilidad o por la pasión del mundo. Afortunadamente, el
impulso hacia la contemplación en las vidas de nuestros más
conocidos predicadores y santos dominicos nunca se caracterizó
por esta clase de actitud rígida y sentenciosa.
Pienso
que un buen ejemplo del enfoque dominicano es el breve texto anteriormente
citado y escrito en el siglo XIII por un fraile dominico anónimo
de Saint-Jacques de París: "Entre las cosas que un hombre
debe ver en la contemplación", escribe, "están
las necesidades de su prójimo", y también "la
magnitud de la fragilidad de cada uno de los seres humanos".
Así, en nuestra tradición, el contemplativo auténtico,
el verdadero apóstol, no invoca maldiciones sobre un mundo
pecador. Por el contrario, consciente de su propia debilidad y humildemente
identificado con la necesidad del mundo, el dominico impetra una
bendición.
En
un momento llamativo de El Diálogo de Santa Catalina de Siena,
Dios Padre pide a la santa que alce sus ojos para que pueda mostrarle
de alguna manera la magnitud de su apasionado cuidado por el mundo.
"Mira mi mano", le dice el Padre. Cuando Catalina mira
-y la visión debe haberla asombrado- ve enseguida el mundo
entero sostenido y envuelto en las manos de Dios. Entonces el Padre
le dice: "Hija mía, mira ahora y date cuenta de que
nadie puede salir de mi mano
son míos. Yo los creé
y los amo sin límite. Y verás que, a pesar de su maldad,
voy a ser misericordioso con ellos
Y yo te concederé
lo que me has pedido con tanta pena y amor".
Lo
que resulta obvio en este relato es que la devoción apasionada
de Catalina por el mundo no surge simplemente del instinto de un
corazón generoso. No, es algo basado en una profunda comprensión
y visión teológica. Esto mismo podemos decir también
de otros dominicos. Por ejemplo, la visión de Tomás
de Aquino ha sido caracterizada por el tomista alemán Joseph
Pieper como un "secularismo" teológicamente fundado.
En principio esta afirmación puede sorprendernos. Sin embargo,
creo que, debidamente entendida, puede decirse otro tanto no sólo
de la visión de Catalina, sino también de la visión
del mismo Santo Domingo.
Mi
imagen favorita de Santo Domingo, una pintada en madera, puede verse
en Bolonia. Es una tabla que recoge el "milagro de los panes",
que, según la tradición, sucedió en el convento
de Santa María a la Mascerella. En esta pieza medieval, la
identidad contemplativa de Domingo se manifiesta en la capucha negra
que cubre su cabeza. Pero el hombre que tenemos ante nosotros es,
ante todo, un "vir evangelicus", un hombre "in persona
Christi", rodeado por sus hermanos y sentado a la mesa. Es
una comida que no sólo recuerda el "milagro de los panes",
sino que, al mismo tiempo, sugiere una vida litúrgica y comunitaria,
una auténtica fraternidad eucarística. Su mirada posee
un extraordinario candor. Y su presencia física da la impresión
de ser la de un hombre de una extraordinaria sencillez, un hombre
que se encuentra a gusto consigo mismo y con el mundo que le rodea.
Creo que, en toda la iconografía medieval, no encontramos
ningún otro fresco o pintura religiosa en la que se nos muestre
al Santo como aquí, mirando al mundo con una confianza serena
y con tranquilidad de espíritu.
Hay
un pequeño detalle que vale la pena señalar: la mano
derecha de Domingo sostiene el pan con energía, al mismo
tiempo que su mano izquierda sujeta la mesa con firmeza y decisión.
El Santo Domingo de esta tabla, lo mismo que el Santo Domingo de
la historia, manifiesta claramente un contacto firme y vital con
el mundo que le rodea.
Esta
apertura al mundo es una característica distintiva de muchos
de los grandes predicadores dominicos. "Cuando me hice cristiano",
señala Lacordaire, "no perdí de vista al mundo".
Y, en ese mismo tono, en el siglo recientemente acabado, Vicente
McNabb comentó en alguna ocasión a sus hermanos: "el
mundo está esperando por aquellos que lo aman
Si no
amáis a los hombres, no les prediquéis; predicad para
vosotros mismos".
En
cierta ocasión, Yves Congar, llamando al orden a aquellos
contemplativos, algunos de ellos monjes y sacerdotes, cuya pasión
por lo absoluto les inclinaba a sentirse indiferentes ante el mundo
y ante la "verdadera interioridad de las cosas", es decir,
el hecho de que las "cosas existen en sí mismas con
su propia naturaleza y necesidades", quiso señalar lo
que consideraba un importante, aunque inesperado, rasgo laico de
la visión dominicana de santo Tomás. Para Congar,
igual que para santo Tomás, el "auténtico laico"
es "alguien que, a través del mismo trabajo que Dios
le ha confiado, encuentra que el verdadero ser de las cosas es en
sí mismo real e interesante". Congar señala lo
mismo en una carta escrita a un compañero dominico en 1959.
Expresando un cierto desinterés hacia lo que él refería
como "la distinción entre 'vida contemplativa/ activa'
", Congar escribía:
"Si
mi Dios es el Dios de la Biblia, el Dios vivo, el 'Yo soy, Yo era,
Yo estoy llegando', entonces Dios es inseparable del mundo y de
los seres humanos
Mi acción consiste, por lo tanto,
en entregarme a mi Dios, que permite que yo sea el lazo de unión
de su divina actividad en el mundo y con la gente. Mi relación
con Dios no es un simple acto de culto, que va de mí a Él,
sino una fe por la cual yo me entrego a la acción del Dios
vivo, quien se comunica a sí mismo con el mundo y con los
seres humanos según su plan. Lo único que puedo hacer
es ponerme confiadamente ante Él y ofrecerle la plenitud
de mi ser y de mis talentos para poder estar allí donde Dios
quiere que esté, como vínculo entre esa acción
de Dios y el mundo".
Al
leer este extracto de la carta de Congar, me viene a la mente una
de las visiones más famosas de Santa Catalina de Siena. En
ella, Santo Domingo se muestra precisamente como una especie de
eslabón entre la acción de Dios y el mundo. Catalina
le comunica a su amigo dominico el Padre Bartolomé que, antes
que nada, había visto al Hijo de Dios saliendo de la boca
del Padre eterno y luego, para sorpresa suya, vio salir del pecho
del Padre al "santísimo patriarca Domingo". "Para
esclarecer su asombro", el Padre le dijo: "Igual que este
Hijo mío, por su propia naturaleza
habló al
mundo
, también Domingo, mi hijo adoptivo, lo ha hecho".
En esta visión la unión entre Domingo y el Padre no
podía ser más íntima. Pero el predicador que
vemos aquí no se ajusta al modelo ordinario del contemplativo,
que deja el mundo y mira hacia Dios, sino que Domingo, al igual
que el Hijo de Dios, aparece saliendo de Aquel que, desde el principio,
"tanto amó al mundo".
En
términos de Congar, la única acción de Domingo
fue rendirse con fe y esperanza a la maravillosa iniciativa salvadora
de Dios. "Sólo hay una cosa importante y verdadera",
señala Congar, "entregarse a Dios". Pero Congar
es asimismo consciente de que en la vida de Santo Domingo y de los
primeros frailes esta entrega no fue nunca un simple acto ocasional
de la voluntad, sino una entrega que exigía a los hermanos
un "seguimiento diario de los pasos del Salvador", una
aceptación libre y radical de un modo evangélico de
vida.
Es aquí, en este momento, donde nos encontramos de frente
con una de las formas más claras y concretas de la dimensión
contemplativa de nuestra vida: el rezo en común, el estudio,
la observancia regular, el seguimiento de la regla de San Agustín
y la disciplina del silencio. Estas prácticas religiosas
concretas representaban para Santo Domingo una parte vital del modo
de vida evangélico, pero la predicación siempre permaneció
como lo más importante. Creo que debemos estar agradecidos
porque en las últimas décadas este mensaje sobre la
predicación ha vuelto a la Orden con fuerza y claridad.
Pero,
¿qué formas de vida regular y contemplativa deberían
apoyar idealmente la predicación? ¿No estaremos acaso
hoy necesitados de recuperar la confianza en este aspecto de nuestra
tradición? Ciertamente no somos monjes pero tampoco un instituto
secular. Por supuesto que la predicación es, en sí
misma, una actividad espiritual e incluso contemplativa. Para Santo
Domingo y los primeros frailes hablar de Dios ("de Deo")
-la gracia de la predicación- presupone haber hablado antes
con Dios ("cum Deo") -la gracia de la oración actual
o de la contemplación-. En la vida apostólica adoptada
por los frailes el éxtasis del servicio o atención
al prójimo no puede pensarse sin el éxtasis de la
oración o de la atención a Dios, y viceversa.
Por
supuesto que para ser predicador no se necesita ser un monje del
desierto ni un maestro de mística, ni siquiera un santo,
pero lo que sí hay que ser, en frase de Humberto de Romanis,
es, ante todo, "primeramente un orante". Ha de someterse
uno mismo a Dios en la oración con al menos el humilde éxtasis
de la esperanza, ya que, como nos recuerda Santa Catalina de Siena
en El Diálogo, "no podemos compartir con los demás
lo que no tenemos nosotros mismos".
Por
supuesto, al final es la predicación lo que importa. Cristo
no nos dijo "estaos quietos y contemplad". Nos mandó
"id y predicad". Sin embargo, merece la pena recordar
aquí que, para los primeros frailes, la gracia de la predicación
-el rendirse a la palabra viva de Dios- estaba siempre íntimamente
unida con una vida común de oración y de adoración,
y también con lo que Jordán de Sajonia llama, con
una expresión muy aguda, la "observancia apostólica".
Según
la comprensión de Jordán de Sajonia, el diseño
de la vida y de la oración comunitarias dominicanas no constituía
ningún tipo de disciplina externa o arbitraria. Más
bien, Jordán lo vio de forma entusiasta como una oportunidad
que tenemos para experimentar, aquí y ahora en la fe, al
Cristo resucitado entre nosotros. En una carta escrita a sus hermanos
en París, Jordán habla de la necesidad que cada uno
de nosotros tiene de mantenerse en el vínculo de la caridad
y de sostenerse en la fe con los hermanos. Jordán dice que,
si fallamos en eso, perderemos la oportunidad de encontrar al Cristo
resucitado. Porque "el hombre" que se aísla de
la unidad de la fraternidad "no podrá encontrar el consuelo
del Espíritu". En opinión de Jordán, "no
podrá nunca tener plenitud de visión del Señor
a no ser que esté con los discípulos reunidos en la
casa".
En
la práctica de la oración pública y privada
y en la tarea de la predicación descubrimos, "in medio
ecclesiae", que ahora Cristo está vivo dentro de nosotros.
Él es nuestro hermano resucitado, a quien podemos acercarnos
y hablar como amigo. Escribe Santo Tomás, citando a Crisóstomo:
"¡qué alegría se os ha concedido, qué
gloria se os dado, hablar con Dios en vuestra oración, conversar
con Cristo, pidiéndole lo que necesitáis y lo que
deseáis!".
En
la contemplación ponemos toda nuestra atención en
Dios, pero hay algo más. Aunque totalmente transcendente
en su origen, la Palabra de Dios ha descendido al mundo y se ha
encarnado. Como señaló alguna vez Simone Weil, "Dios
tiene que estar de parte del sujeto". La iniciativa le pertenece
siempre. Por consiguiente, tanto en nuestro trabajo como en nuestra
oración, nos damos cuenta de que Cristo no es simplemente
el objeto de nuestra atención. Él es la Palabra viva
en nosotros, el amigo "en quien vivimos, nos movemos y existimos".
Y así, haciéndonos eco de la primera carta de San
Juan, no dudamos en proclamar: esto es contemplación -esto
es amor contemplativo-, no tanto que podemos contemplar a Dios cuanto
que Dios nos ha contemplado a nosotros primeramente, y ahora está
en nosotros, en cierto sentido, e incluso a través de nosotros,
como parte del misterio de su vida resucitada en la Iglesia, contempla
el mundo.
Hace
más de 50 años, el filósofo existencialista
Albert Camus fue invitado a dar una charla a la comunidad dominicana
de Latour-Maubourg, en Francia. En su charla Camus recomendó
encarecidamente a los hermanos que mantuvieran su propia identidad
dominicana y cristiana. Señaló que "el dialogo
sólo es posible entre personas que conservan su identidad
y que dicen la verdad". Seguid siendo lo que sois. Parece algo
sencillo pero, como todos muy bien sabemos, nuestra identidad como
dominicos, con su fundamental sencillez evangélica, por un
lado, y con su gran riqueza y variedad de elementos, por el otro,
es algo que no podemos dar por hecho. En cada época existe
el riesgo de que algún aspecto de nuestra identidad se pierda,
se olvide o se ignore. Y, en consecuencia, la tarea de la predicación
- objetivo prioritario de la Orden - se resentirá.
Si
existe un aspecto o dimensión de nuestra vida dominicana
actualmente expuesto al olvido, no tengo ninguna duda de que es
la dimensión contemplativa. Al principio de esta charla os
he contado la historia de aquel antiguo dominico que casi pierde
su fe por culpa de tanta contemplación. Dudo mucho que esto
suceda hoy en la Orden. Si algo pudiera ocurrir, en esta época
de prisas y en un mundo tan altamente tecnológico, sería
que perdiéramos la fe debido al exceso de actividad.
Encuentro
alentador y desafiante, en este contexto, un comentario hecho por
Marie-Dominique Chenu en una de sus últimas entrevistas.
Viviendo en Saint-Jacques de Paris, en el mismo convento que aquel
frater anonymus del siglo XIII a quien antes hemos citado, Chenu
descubrió que lo que él había visto en el mundo
le dirigió, de algún modo, hacia la contemplación.
Chenu insistía en que el mundo y la Palabra de Dios no debían
caminar por separado. "Nuestra prioridad es salir al mundo
porque el mundo es el lugar en que la Palabra de Dios cobra significado".
Estos pensamientos, tal y como los entendemos hoy, forman parte
de la herencia recibida desde el siglo XII o, mejor, desde el siglo
XIII. Pero el comentario de Chenu que yo encuentro más interesante
se refiere a su experiencia inicial de la Orden y a la razón
por la que él vino al convento. Nos dice: "No tenía
intención de entrar, pero me impresionó mucho la atmósfera
del lugar". Chenu recuerda que no era una atmósfera
monástica propiamente dicha, pero sí de contemplación.
Fue la "atmósfera contemplativa" lo que le atrajo.
Y no sólo eso, sino que también la devoción
de los hermanos por el estudio y el ambiente general de dedicación
intensa y ascética permanecerían con Chenu durante
muchos años. "A lo largo de mi vida", dice él,
"he cosechado los beneficios de este 'cadre' (marco) contemplativo".
También
Santo Tomás, en la Summa, se ocupa de la vida contemplativa.
Recordaréis que ya anteriormente, en esta misma sección,
he hablado sobre el espíritu laico del Aquinate, cómo
miraba siempre las cosas de este mundo con mucho respeto. Pero en
la Summa, al hablar de la vida contemplativa, enfatiza la importancia
de prestar atención también a lo que llama las "cosas
eternas". Escribe: "La vida contemplativa consiste en
una cierta libertad de espíritu. Así, dice Gregorio
que la vida contemplativa produce una cierta libertad de espíritu
porque considera las cosas eternas".
Esta
"libertad de espíritu" que emana de la contemplación
no está exclusivamente reservada a los contemplativos enclaustrados.
De hecho, como predicadores que somos, tenemos necesidad de esa
libertad quizás más que nadie. Ya que, sin ella, corremos
el riesgo a ser prisioneros del espíritu de la época
y de las modas imperantes. Y, al final, lo que prediquemos no será
la Palabra de Dios, sino nuestras propias palabras e ideas. Y esa
palabra, ese mensaje, no servirá al mundo, aún cuando
nos parezca estar llevándola hasta los últimos extremos
de la necesidad humana. Tal y como el evangelio y nuestra propia
tradición nos recuerdan, para verdaderamente "salir
al exterior", hemos de exigirnos, antes que nada, un viaje
a nuestra interioridad. Dice Eckhart: "Dios está dentro,
nosotros fuera. Dios está en casa, nosotros en el extranjero
Dios conduce al justo por sendas estrechas hacia el camino ancho
que los llevará al exterior".
La contemplación: una visión del prójimo.
En
la literatura religiosa tradicional, la palabra "éxtasis"
está frecuentemente ligada a la contemplación. Pero,
por supuesto, en la calle esa palabra significa hoy en día
una sola cosa: ¡una droga muy potente y peligrosa! A lo largo
de los siglos, los dominicos no se han recatado en el uso de esa
palabra a la hora de hablar sobre la oración o la contemplación.
Pero es típico el siguiente comentario de Eckart, más
bien agudo y desafiante. Afirma: "Si una persona estuviera
en éxtasis, como San Pablo estuvo, y supiera que algún
enfermo tenía necesidad de que le diera un poco de sopa,
yo creo que sería mucho mejor que esa persona dejara su éxtasis
por amor y mostrara mayor amor en el cuidado del necesitado".
"Amor", he ahí esa pequeña palabra del evangelio,
ese heraldo de la gracia de la atención, que nos recuerda
a todos nosotros lo que realmente significa la palabra contemplación,
la contemplación cristiana.
Una
de las afirmaciones sobre Santo Domingo más frecuentemente
citadas es que "entregaba el día a su prójimo
y la noche a Dios". Es una afirmación elocuente, pero,
en cierto modo, no es estrictamente verdadera, pues, incluso antes
de que el día se acabara, en el gran silencio y soledad de
las largas vigilias nocturnas de Domingo, el prójimo no era
nunca olvidado. Según uno de los contemporáneos del
Santo -el hermano Juan de Bolonia-, después de largas oraciones
en las que permanecía postrado boca abajo en el suelo de
la iglesia, Domingo se levantaba y rendía dos pequeños
actos de homenaje: primeramente "visitaba cada uno de los altares
de la iglesia
hasta la media noche", y después
"iba sigilosamente a visitar a los hermanos que dormían
y, si era necesario, les cubría".
El
modo en que este relato ha sido escrito produce en uno la sensación
de que la reverencia de Domingo hacia cada uno de los altares de
la iglesia está, de algún modo, íntimamente
relacionada con su reverencia y cuidado de los hermanos que dormían.
Es casi como si Domingo reconociera, antes que nada, la presencia
de lo sagrado en los altares y después, con no menor reverencia,
esta misma presencia en sus propios hermanos. Siempre me ha llamado
poderosamente la atención una frase de Nicolás Cabasilas
citada por Yves Congar hace muchos años. Dice así:
"De entre todas las criaturas visibles, sólo la naturaleza
humana puede ser realmente un altar". El mismo Congar, en su
libro El misterio del templo, se permite afirmar: "Todo cristiano
tiene derecho al nombre de 'santo' y al título de 'templo'
". Igualmente Jordán de Sajonia, el primer maestro después
de Domingo, haciéndose eco de la misma visión paulina,
exclamó en una carta escrita a una comunidad de monjas dominicas:
"El templo de Dios es santo y ese templo eres tú; no
cabe ninguna duda de que el Señor está en su santo
templo cuando mora en ti ".
En
mi opinión, la más sobresaliente de todos los que,
en la tradición dominicana, han hablado o escrito sobre el
tema del prójimo en la contemplación es Santa Catalina
de Siena. En la primera página de su Diálogo se nos
dice que, "cuando estaba orando, elevada espiritualmente",
Dios le reveló algo sobre el misterio y dignidad de cada
uno de los seres humanos. "Abre los ojos de tu mente",
le dijo, "y verás la dignidad y la belleza de mis criaturas
racionales". Catalina le obedece inmediatamente, pero, al abrir
los ojos de su mente en oración, descubre no sólo
una visión de Dios y una visión de ella misma en Dios
como su imagen, sino también una nueva y compasiva visión
y conocimiento de su prójimo. "Inmediatamente se siente
obligada", escribe Catalina, "a amar a su prójimo
como a sí misma, porque ve cuán supremamente es amada
por Dios, observándose a sí misma en la fuente del
mar de la esencia divina".
Yo
creo que, dentro de estas escuetas palabras de Catalina, hay una
verdad simple, pero profunda: el origen de su visión del
prójimo y la causa de su profundo respeto por la persona
individual es su experiencia contemplativa. Lo que Catalina recibe
en la oración y contemplación es lo que Domingo recibió
antes que ella: no sólo el mandamiento divino de amar a su
prójimo como ella misma había sido amada, sino una
inolvidable intuición que va más allá de las
consecuencias de la miseria humana, un vislumbre de la gracia y
de la dignidad ocultas en cada persona. Esta visión del prójimo
afectó tan profundamente a Catalina que, en una ocasión,
comentó a Raimundo de Capua que, si él pudiera ver
como ella veía esta belleza, la belleza interior y oculta
de la persona individual, sería capaz de sufrir y morir por
ella. "Oh Padre
si pudieras ver la belleza del alma humana,
estoy convencida de que estarías dispuesto a morir cien veces,
si esto fuera posible, por la salvación de una sola alma.
Nada en este mundo sensible que nos rodea puede compararse en hermosura
al alma humana".
La
afirmación de estar dispuesta a morir cien veces por el hermano
parece extrema, pero es típica de Catalina. En otro lugar
Catalina escribe: "¡Aquí estoy, pobre desdichada,
viviendo en mi cuerpo y, sin embargo, constantemente fuera de él
en el deseo! ¡Ah, amable y buen Jesús!, estoy muriendo
y no puedo morir". "Estoy muriendo y no puedo morir",
Catalina repite esta última frase varias veces en sus cartas.
Dos siglos después, la mística carmelita Santa Teresa
de Ávila usa también la misma frase, pero de un modo
muy diferente. Fiel a su vocación carmelitana, su atención
se centra enteramente y con profundo anhelo en Cristo, su Esposo.
Sin Él, el mundo tiene escaso o nulo interés. Y así,
en uno de sus poemas, Teresa nos dice que "está muriendo"
de gran dolor espiritual, porque aún no puede "morir"
físicamente y ser una con Cristo en el cielo:
"Sólo
esperar la salida me causa dolor tan fiero que muero porque no muero".
Cuando
Catalina utiliza la frase "muero porque no muero", no
lo hace nunca para expresar un deseo de salir de este mundo. Por
supuesto que Catalina, al igual que Teresa, anhela estar con Cristo,
pero su pasión por Cristo la lleva, como dominica que es,
a querer servir de cualquier modo posible al Cuerpo de Cristo, la
Iglesia, que está en el mundo aquí y ahora. Su deseo
angustioso procede de su conciencia de la limitación de todos
sus esfuerzos. Escribe: "Muero porque no muero; reboso, pero
no puedo rebosar a causa de mi deseo de renovación de la
santa Iglesia por el honor de Dios y por la salvación de
todos".
El
misticismo de Catalina de Siena, como el de Domingo, es un misticismo
eclesial, un misticismo de servicio y no de entusiasmo psicológico.
Por supuesto, tanto para Catalina como para Domingo, Dios es siempre
el primer foco de atención, pero nunca olvidan al prójimo
y sus necesidades. En aquella ocasión en que un grupo de
ermitaños rehusó abandonar su vida solitaria en los
bosques, aún cuando su presencia en Roma era muy necesitaba
por la Iglesia, Catalina les escribió inmediatamente, diciéndoles
con sarcasmo mordaz: "Se diría que la vida espiritual
se observa actualmente con demasiada ligereza si puede perderse
por cambiar de lugar. Pareciera que Dios prefiere ciertos lugares
y que sólo se le encuentra en el bosque y no en cualquier
otro lugar en tiempo de necesidad".
Este
pronto de Catalina no significa que no apreciara la ayuda y los
apoyos que ordinariamente son necesarios para la vida contemplativa:
la soledad, el retiro y el silencio, por ejemplo. Catalina respetaba
particularmente el silencio, pero lo que no aprobaba en modo alguno
era el silencio cobarde de ciertos ministros del evangelio que,
en su opinión, deberían estar gritando alto y claro
en favor de la verdad y de la justicia. "Grita como si tuvieras
un millón de voces", urgía ella, "es el
silencio lo que está matando al mundo".
Dos
siglos más tarde, en una carta enviada a España por
el dominico Bartolomé de las Casas, leemos esa misma urgencia.
Era el año 1545. Bartolomé ya había descubierto,
con no pequeño valor, que su vocación consistía
en ser la voz que aquellos que no tenían voz. Viéndose
diariamente confrontado con la apabullante degradación y
tortura de gente inocente a su alrededor, estaba decidido a no permanecer
callado por más tiempo. "Creo", escribió,
"que Dios quiere que yo llene el cielo y la tierra, y otra
vez toda la tierra, con gritos, lágrimas y gemidos".
Las
Casas no fundamentó la fuerza de este desafío en la
mera emoción. Una y otra vez vemos al predicador dominico
apelando en sus escritos a lo que él llamó la "inteligencia
de la fe". Según Las Casas, el mejor modo de alcanzar
la verdad evangélica era "encomendarse decididamente
uno mismo a Dios y penetrar profundamente hasta encontrar los cimientos".
Era en este nivel de meditación humilde, pero persistente,
en el que Bartolomé encontró no sólo la verdad
sobre Dios, sino a Dios mismo, el Dios de la Biblia, el Padre de
Cristo Jesús, el Dios vivo que, en palabras del propio Bartolomé,
tiene "memoria fresca y viva de los más pequeños
y de los más olvidados".
Al
consentir estar expuesto él mismo de ese modo al rostro de
Cristo crucificado en el afligido, Bartolomé fue verdadero
hijo de su padre Domingo, porque Domingo era un hombre poseído
no sólo por una visión de Dios, sino también
por una profunda convicción interna de las necesidades de
las personas. Y era a los hombres y mujeres de su propio tiempo,
a sus contemporáneos, cuyas necesidades había sentido
en su oración casi como una herida, a los que Domingo quería
comunicar lo que había aprendido en la contemplación.
En
el corazón mismo de la vida de Domingo, como principio y
como fin, existía un intenso y contemplativo amor de Dios.
Pero al leer las primeras crónicas sobre la vida de oración
de Domingo, lo que también llama inmediatamente la atención
es el lugar que ocupan los otros, los afligidos y oprimidos, en
el acto mismo de la contemplación. Los "alii",
los otros, no son simplemente receptores pasivos de la viva predicación
de Domingo. Incluso antes del momento de la predicación,
cuando Domingo se convierte en una especie de canal de gracia, esas
personas, los afligidos y oprimidos, ocupan "el más
íntimo recinto de su compasión". Incluso forman
parte del "contemplata" en "contemplata aliis tradere".
Escribe Jordán de Sajonia:
"Dios
había concedido a Domingo una gracia especial para llorar
por los pecadores y por los afligidos y oprimidos; cargó
con sus miserias en el más íntimo recinto de su compasión,
y la cálida simpatía que sentía por ellos en
su corazón desbordaba en las lágrimas que caían
de sus ojos".
Por
supuesto que, en parte, esto significa sin más que, cuando
Domingo ora, se acuerda de interceder por las personas que él
sabe que están en necesidad, especialmente por los pecadores.
Pero hay algo más, una "gracia especial", por usar
la expresión de Jordán. La herida del saber que abre
el corazón y la mente de Domingo en la contemplación,
permitiéndole experimentar en toda su crudeza el dolor y
la necesidad de su prójimo, no puede ser atribuida ni a las
múltiples experiencias de dolor observadas ni a su propia
simpatía natural. La herida apostólica que Domingo
recibe, y que le capacita para actuar y predicar, es una herida
contemplativa.
Conclusión.
Recuerdo
que, cuando era novicio en la Orden, pregunté acerca de la
contemplación a uno de los sacerdotes de la casa, un hombre
maravilloso llamado Cahal Hutchison. "¿Cuál es
el secreto de la contemplación dominicana?", pregunté.
El padre Cahal dudó por un momento, me sonrió y después
dijo: "Hermano Paul, nunca se lo digas a los carmelitas o a
los jesuitas, pero nosotros no tenemos otro secreto que el del evangelio".
"No obstante", continuó, "como dominico que
soy, puede revelarte las dos grandes leyes de la contemplación".
Inmediatamente, con el entusiasmo propio de un novicio, saqué
papel y lápiz. Cahal dijo: "La primera ley es orar.
Y la segunda ley es seguir orando". Quizás, hermanos
míos, esto es lo primero y lo último que puede decirse
sobre este tema.