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2001-07-23

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Recuperando la dimensión contemplativa.

Paul Murray, OP

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Conferencia en el Capítulo General de la Orden de Predicadores
Providence, Rhode Island, Julio de 2001

En el momento de ser recibidos en la Orden de Predicadores, a todos y cada uno de nosotros se nos preguntó: "¿Qué pides?" Y contestamos: "La misericordia de Dios y la vuestra". Esta mañana me encuentro aquí, en el Capítulo General de la Orden, para hablaros sobre el tema de la contemplación. Soy consciente, como quizás nunca antes lo he sido, de mis propias limitaciones y también, por lo mismo, de lo mucho que necesito de la paciencia y la compasión de mis hermanos. Dios sabe que todavía soy un pobre novicio en la vida de oración y de contemplación. Y no me cabe duda de que esta charla es la más difícil que jamás se me haya pedido. Así pues, hermanos, os pido con toda sinceridad que tengáis compasión de mí y de mis palabras.

Una característica distintiva de muchos de nuestros santos y predicadores dominicos más conocidos ha sido su gran fidelidad a la vida de oración y contemplación. Ahora bien, por lo menos hasta hace muy poco tiempo, la Orden ha sido generalmente conocida en la Iglesia más por su talla intelectual que por su celo contemplativo. Hoy, sin embargo, todo eso está empezando a cambiar. Por ejemplo, en este momento tenemos a nuestra disposición más traducciones que nunca de los escritos de autores como Juan Taulero, Catalina de Siena, Enrique Susón y el maestro Eckart. Sucede incluso que Santo Tomás de Aquino, que siempre fue venerado en la Iglesia como un teólogo dogmático, actualmente es considerado por muchos como un maestro espiritual.

Parecería que, de repente, tenemos la oportunidad de permitir que la dimensión contemplativa de nuestra tradición hable a una nueva generación con una autoridad profunda e impresionante. Pero nuestra tarea inmediata y, sin duda, el motivo de la charla de esta mañana es consentir que esta tradición nos hable a nosotros mismos en primer lugar, aquí y ahora, y que se dirija no sólo a nuestros corazones y nuestras mentes, sino también a la manera en que vivimos nuestras vidas como predicadores. Por supuesto, todos los que estamos aquí nos sentimos deudores del testimonio de nuestras hermanas dominicas contemplativas. No sabría expresar la deuda tan grande que tengo con la comunidad de hermanas del convento de Siena en Droheda, Irlanda. Y algunos de vosotros, si no todos, sois conscientes del reconocimiento pleno del testimonio de las hermanas contemplativas expresado por el maestro Timothy en su más reciente carta a la Orden.

Hay que decir que no todas las formas de contemplación han sido reconocidas por nuestros predecesores dominicos. De hecho, en el Vitae fratrum, se ha conservado el relato real de un desafortunado fraile que estuvo a punto de perder la fe a causa del exceso de "contemplación". En esta línea, en su largo tratado sobre la contemplación, Humberto de Romanis se queja abiertamente de las personas cuya "única pasión es la contemplación". Esa gente busca, dice él, "una oculta vida de quietud" o "un lugar retirado para la contemplación", y entonces se niegan "a responder a la petición de ser útiles a los demás mediante la predicación".

Vale la pena señalar aquí que la palabra "contemplación" no posee en estos primeros textos dominicanos el carácter esotérico y altamente místico que posteriormente adquirirá en el siglo XVI. Es verdad que esa palabra puede estar ocasionalmente relacionada con las nociones de retiro y de huida, pero tiende a tener una connotación más sencilla y elemental. De hecho, a menudo puede significar poco más que un simple acto de atención o de estudio orante. (En tiempos modernos, para aumentar la confusión, tendemos a usar la palabra "contemplación" como un sinónimo común de oración)

Es obvio que Humberto de Romanis no intenta en modo alguno presentar como opuestas la vida de oración y la vida de predicación. "Dado que el esfuerzo humano no puede lograr nada sin la ayuda de Dios", escribe, "lo más importante de todo para el predicador es que debe recurrir a la oración". Ahora bien, la vida de oración y contemplación que Humberto de Romanis y los primeros dominicos recomendarían, contemplación que constituye también el tema central de esta charla, es aquella que nos movería, utilizando la excelente frase de Humberto, "a salir a la luz pública", es decir, a comenzar a realizar la tarea de la predicación.

Para comenzar nuestras reflexiones, sugiero que no nos fijemos primeramente en ninguno de los textos más famosos de nuestra tradición, sino en el texto de un dominico francés anónimo del siglo XIII. Encontré este texto escondido en un enorme comentario bíblico sobre el libro del Apocalipsis que había sido atribuido a Santo Tomás durante muchos siglos. Sin embargo, actualmente se considera que ese trabajo fue elaborado por un equipo de dominicos que trabajó en Saint-Jacques de Paris bajo la supervisión de Hugo de Saint-Cher entre 1240 y 1244. Aunque la mayor parte del comentario es bastante aburrido, algunos textos están elaborados con una claridad y una fuerza que, en ciertos momentos, recuerdan la obra de la contemplativa francesa moderna Simone Weil. En uno de esos pasajes, el autor dominico en cuestión afirma que, entre las cosas que"un hombre ha de ver en la contemplación" y debe "escribir en el libro de su corazón", están "las necesidades de su prójimo":

"Debe ver en la contemplación lo que le gustaría haber hecho por sí mismo si se encontrase en tal necesidad y cuán grande es la debilidad de cada ser humano… Entienda, por lo que conoce de sí mismo, la condición de su prójimo ('Intellige ex te ipso quae sunt proximi tui'). Y lo que vea en Cristo y en el mundo y en tu prójimo, escríbalo en tu corazón".

Estas líneas son memorables por la atención compasiva que prestan al prójimo en el contexto de la contemplación. Pero me gustaría pensar también que su énfasis en el verdadero conocimiento de uno mismo, así como su sencilla apertura a Cristo, al prójimo y al mundo, tienen un matiz distintivamente dominicano. El pasaje termina con una referencia sencilla, pero impresionante, a la tarea de la predicación. Nuestro autor nos exhorta, en primer lugar, a entendernos a nosotros mismos y a estar atentos a todo lo que vemos a nuestro alrededor y en nuestro prójimo, y también a reflexionar en lo más profundo de nuestro corazón sobre las cosas que hemos observado. Y entonces se nos pide que salgamos y vayamos a predicar: "Primero, ve; después, escribe; y más tarde, envía. Lo primero que se necesita es el estudio; después, la reflexión en lo más hondo del corazón y, a continuación, la predicación".

El resto de mi charla estará dividido en tres secciones: 1) La contemplación como visión de Cristo. 2) La contemplación como visión del mundo. 3) La contemplación como visión del prójimo.


La contemplación: una visión de Cristo.

Si uno habla sobre el tema de la contemplación, el primer nombre que a muchos se les ocurre es el de San Juan de la Cruz, carmelita místico español. Pero no es de Juan el carmelita de quien quiero hablar aquí, sino que me gustaría hablar brevemente de un autor espiritual mucho menos conocido, un hombre cuyo nombre, por casualidad, es el mismo que el del famoso Juan de la Cruz. Pero este otro Juan, el Juan de la Cruz menos conocido, autor espiritual del siglo XVI, era en realidad dominico.

Cuando Juan de la Cruz, el dominico, publicó hacia mediados del siglos XVI su obra principal, El diálogo, la vida de oración o de contemplación era considerada en muchos lugares de Europa como una actividad muy difícil y altamente especializada. Existía el riesgo, por lo tanto, de que toda una generación de personas pudiera empezar a perder contacto con la enorme sencillez del evangelio, e incluso dejar de encontrar estímulo en la enseñanza del propio Cristo sobre la oración. Lo que más me impresiona del dominico Juan de la Cruz es el modo en que criticó como exagerado el énfasis que en ese período se ponía en la necesidad de experiencias interiores especiales, y también la manera en que defendió la simple oración vocal, subrayando la importancia que para la transformación espiritual tienen los esfuerzos diarios del cristiano que trata de vivir una vida de virtud.

En su Diálogo, Juan de la Cruz estaba claramente decidido a desafiar a aquellos contemporáneos que en sus escritos tendían a exaltar la oración como algo fuera del alcance humano, y que hablaban de la contemplación de un modo elitista y exclusivo. Consiguientemente, con la sal del evangelio en sus palabras -y con un humor ciertamente agudo- el dominico afirmó: "Si de hecho sólo los contemplativos en el sentido estricto de la palabra pueden alcanzar el cielo, entonces, en lo que a mí toca, tendría que decir lo mismo que el emperador Constantino contestó al obispo Acesius, quien se había mostrado sumamente inflexible en el Concilio de Nicea: '¡Toma tu escalera y sube al cielo por tus propios medios si eres capaz, porque el resto de nosotros no somos sino pecadores!' ".

Esta contestación aguda y vibrante me recuerda un comentario no menos ameno y entretenido, hecho por un anciano dominico de esta provincia de San José. Tengo entendido que era afectuosamente conocido como padre "Buzz" (Bebida). Había venido de Memphis (Tennessee). En cierta ocasión, no sintiéndose bien de salud, fue a visitar a su médico, el cual le dijo: "Padre, siento decirle que lo mejor que puede usted hacer es dejar de beber alcohol totalmente". A lo que el dominico contestó: "Doctor, yo no soy digno de lo mejor. ¿Qué hay por debajo de lo mejor?".

En la invectiva o humor agudo del dominico Juan de la Cruz subyace una importante declaración, que es la siguiente: la oración o la contemplación no es algo que pueda conseguirse con el simple esfuerzo humano, aunque sea bien intencionado o extenuante. La oración es una gracia. Es un regalo que nos eleva más allá de lo que pudiéramos haber logrado en la vida a través de la práctica ascética o de técnicas meditativas. Por tanto, la comunión con Dios, la amistad real con Dios en la oración, aún cuando sea imposible para los más fuertes, es algo que el propio Dios puede conseguir para nosotros en un instante, si Él lo desea. ¡"A veces", se atreve a afirmar una homilía dominicana del siglo XIII, "un hombre está en estado de condenación antes de comenzar su oración y, antes de que la termine, se encuentra ya en un estado de salvación"!

William Peraldus, el predicador de esa homilía, al responder a la pregunta "¿por qué todos deben estar contentos por aprender a orar?", hace una declaración que apenas volveremos a escuchar en los tres siglos posteriores. Pues, en ese tiempo, como ya he indicado, se pensaba que la oración en su forma más auténtica era algo muy difícil de conseguir. El dominico Peraldus afirma sin ningún tipo de vacilación: "¡la oración es una tarea muy sencilla!".

Quizás esta declaración puede parecer ingenua. Pero creo que su autoridad procede del propio evangelio. Pues, ¿acaso no es cierto que en el evangelio somos alentados por Cristo a orar con sencillez de corazón y con sinceridad? Cuando, a lo largo de los años, los dominicos se han ido confrontando a sí mismos con métodos y técnicas detalladas de meditación, y con largas listas de instrucciones acerca qué hacer y qué no hacer durante la meditación, su reacción ha sido casi siempre la misma: sentir instintivamente que algo no funciona.

Por ejemplo, es típica la reacción de Bede Jarrett. En un lugar señala con verdadero pesar que, a veces, la oración puede verse "reducida a reglas duras y rígidas" y que puede estar tan "reglamentada y trazada" que "ya no se parece en nada al lenguaje del corazón". Cuando esto sucede, en las memorables palabras de Jarrett, "ha desaparecido toda la aventura, todos los toques personales y toda la contemplación. Estamos demasiado angustiados y atormentados para pensar en Dios. Las instrucciones son tan detalladas e insistentes que nos olvidamos de lo que estamos intentando aprender. La consecuencia es que nosotros nos aburrimos y que, sin duda, también Dios se aburre".

Santa Teresa de Ávila, escribiendo en cierta ocasión acerca la oración, hace una confesión realmente importante. Dice que "algunos libros sobre la oración" que estaba leyendo la animaron a dejar de lado como un estorbo positivo "el pensamiento de la humanidad de Cristo". ¡Teresa intentó seguir este camino durante algún tiempo, pero pronto se dio cuenta de que una vida de oración que excluía a Cristo era, por lo menos, tan equivocada como mística! Menciono aquí estos hechos porque resulta aleccionador señalar la reacción a esta clase de misticismo abstracto por parte de otro dominico del siglo XVI, el tomista práctico Francisco de Vitoria. Escribe Vitoria:

"Hay un nuevo tipo de contemplación practicada en estos días por los monjes, que consiste en meditar en Dios y en los ángeles. Pasan mucho tiempo en un estado de elevación sin pensar en nada. Esto es, sin duda, muy bueno, pero yo no encuentro eso en la Sagrada Escritura y, honestamente, no es lo que los santos recomiendan. La contemplación genuina es la lectura de la Biblia y el estudio de la verdadera sabiduría".

Esta última afirmación de Vitoria revela, si no estoy confundido, la influencia directa de santo Domingo. Domingo, como bien sabéis, nunca compuso para sus hermanos ninguna clase de devocionario, ni texto espiritual, ni testamento. Fue ante todo un predicador, no un escritor. Y aún después de tanto tiempo tenemos disponibles dentro de nuestra tradición un gran número de detalles referentes a su modo de oración y de contemplación. Una de las causas de esto reside el extraordinario temperamento de Santo Domingo. Poseyó una naturaleza tan exuberante que, lejos de ser suprimida por la vida de oración y de contemplación, parece haber sido maravillosamente despertada y desarrollada por ella. Era un hombre, como señaló en cierta ocasión el cardenal Villot "increíblemente libre". En particular, en la oración apenas podía controlarse. A menudo clamaba a Dios en voz alta y con gritos. En consecuencia, su oración privada era una especie de libro abierto para sus hermanos. Durante la noche, cuando se encontraba solo en la Iglesia, a menudo se escuchaba el eco de su voz por todo el convento.

Domingo reza con todo lo que es, cuerpo y alma. Reza en privado con intensidad y humilde devoción. Y, con la misma profundidad de fe y emoción, reza en publico la oración de la misa. Aunque la intensidad de la fe y de los sentimientos de Domingo puedan parecer infrecuentes, así como sus largas vigilias nocturnas, su oración parece no distinguirse de la de cualquier devoto cristiano, hombre o mujer. Su oración no es de ninguna manera esotérica. Es siempre sencilla y eclesial.

Desde mi punto de vista, uno de los grandes méritos de la tradición contemplativa dominicana es su resistencia obstinada al aura esotérica o al sofisticado encanto espiritual que tiende a rodear el asunto de la contemplación. Por ejemplo, un conocido predicador de la Provincia inglesa, el norirlandés Vicente McNabb, con su característico buen humor, gustaba siempre de bajar el asunto de la contemplación de las altas nubes del misticismo al simple terreno de la verdad del evangelio. A propósito de la cuestión de la oración tal y como se presenta en la parábola del fariseo y del publicano, escribe McNabb:

"El publicano no sabía que había sido justificado. Si le hubieras preguntado: '¿puedes orar?', él habría respondido: 'no, no puedo orar. Pensaba preguntarle al fariseo. Parece conocerlo todo. Sólo puedo decir que soy un pecador. Mi pasado es tan terrible que no puedo imaginarme a mí mismo orando. Soy más experto en el asunto del robo' ".

En Los nueve modos de oración podemos vislumbrar al propio Santo Domingo repitiendo la oración del publicano mientras yacía postrado en el suelo ante Dios. "Su corazón", se nos dice, "estaba movido por el arrepentimiento y, avergonzado de sí mismo, diría, a veces con la suficiente fuerza como para ser escuchado, las palabras del evangelio 'Señor, ten piedad de mí, que soy un pecador' ".

Encuentro, sin excepción, que lo que más admiro en la vida de oración de los predicadores dominicos es que hay siempre algo de esa indigencia común y de esa sencillez del evangelio. Durante su oración, estos predicadores no tienen miedo de hablar con Dios directamente, como si fuera un amigo. Pero siempre vuelven instintivamente a la oración sincera de petición del evangelio. Por ejemplo, Santo Tomás nos dice:

"Vengo ante Ti como pecador, oh Dios, fuente de toda misericordia. Estoy manchado y te pido que me limpies. Oh sol de justicia, dale vista al hombre ciego… Oh rey de reyes, viste al que está abandonado…

(…) Omnipotente y eterno Dios, Tú ves que estoy acudiendo al sacramento de tu único Hijo nuestro Señor Jesucristo. Vengo a Él como el enfermo que acude al sanador que da vida, como el impuro que acude a la fuente de la misericordia…, como quien es pobre e indigente y acude al Señor de cielo y tierra".

Las palabras de esta oración son rezadas con una profunda pobreza de espíritu. Pero la oración se dice con absoluta confianza. Y ¿por qué? Porque las palabras de la oración son las palabras del evangelio. Y porque Cristo, el sanador que da vida y es fuente de misericordia, está en su centro.


La contemplación: una visión del mundo.

En algunas tradiciones religiosas, la vida contemplativa implica un desprendimiento casi total del mundo y, en el caso de algunos religiosos ascéticos, un rechazo no sólo de su familia inmediata y de sus amigos, sino también de las personas en general o, por lo menos, de aquellos que parecen estar dominados por la debilidad o por la pasión del mundo. Afortunadamente, el impulso hacia la contemplación en las vidas de nuestros más conocidos predicadores y santos dominicos nunca se caracterizó por esta clase de actitud rígida y sentenciosa.

Pienso que un buen ejemplo del enfoque dominicano es el breve texto anteriormente citado y escrito en el siglo XIII por un fraile dominico anónimo de Saint-Jacques de París: "Entre las cosas que un hombre debe ver en la contemplación", escribe, "están las necesidades de su prójimo", y también "la magnitud de la fragilidad de cada uno de los seres humanos". Así, en nuestra tradición, el contemplativo auténtico, el verdadero apóstol, no invoca maldiciones sobre un mundo pecador. Por el contrario, consciente de su propia debilidad y humildemente identificado con la necesidad del mundo, el dominico impetra una bendición.

En un momento llamativo de El Diálogo de Santa Catalina de Siena, Dios Padre pide a la santa que alce sus ojos para que pueda mostrarle de alguna manera la magnitud de su apasionado cuidado por el mundo. "Mira mi mano", le dice el Padre. Cuando Catalina mira -y la visión debe haberla asombrado- ve enseguida el mundo entero sostenido y envuelto en las manos de Dios. Entonces el Padre le dice: "Hija mía, mira ahora y date cuenta de que nadie puede salir de mi mano… son míos. Yo los creé y los amo sin límite. Y verás que, a pesar de su maldad, voy a ser misericordioso con ellos… Y yo te concederé lo que me has pedido con tanta pena y amor".

Lo que resulta obvio en este relato es que la devoción apasionada de Catalina por el mundo no surge simplemente del instinto de un corazón generoso. No, es algo basado en una profunda comprensión y visión teológica. Esto mismo podemos decir también de otros dominicos. Por ejemplo, la visión de Tomás de Aquino ha sido caracterizada por el tomista alemán Joseph Pieper como un "secularismo" teológicamente fundado. En principio esta afirmación puede sorprendernos. Sin embargo, creo que, debidamente entendida, puede decirse otro tanto no sólo de la visión de Catalina, sino también de la visión del mismo Santo Domingo.

Mi imagen favorita de Santo Domingo, una pintada en madera, puede verse en Bolonia. Es una tabla que recoge el "milagro de los panes", que, según la tradición, sucedió en el convento de Santa María a la Mascerella. En esta pieza medieval, la identidad contemplativa de Domingo se manifiesta en la capucha negra que cubre su cabeza. Pero el hombre que tenemos ante nosotros es, ante todo, un "vir evangelicus", un hombre "in persona Christi", rodeado por sus hermanos y sentado a la mesa. Es una comida que no sólo recuerda el "milagro de los panes", sino que, al mismo tiempo, sugiere una vida litúrgica y comunitaria, una auténtica fraternidad eucarística. Su mirada posee un extraordinario candor. Y su presencia física da la impresión de ser la de un hombre de una extraordinaria sencillez, un hombre que se encuentra a gusto consigo mismo y con el mundo que le rodea. Creo que, en toda la iconografía medieval, no encontramos ningún otro fresco o pintura religiosa en la que se nos muestre al Santo como aquí, mirando al mundo con una confianza serena y con tranquilidad de espíritu.

Hay un pequeño detalle que vale la pena señalar: la mano derecha de Domingo sostiene el pan con energía, al mismo tiempo que su mano izquierda sujeta la mesa con firmeza y decisión. El Santo Domingo de esta tabla, lo mismo que el Santo Domingo de la historia, manifiesta claramente un contacto firme y vital con el mundo que le rodea.

Esta apertura al mundo es una característica distintiva de muchos de los grandes predicadores dominicos. "Cuando me hice cristiano", señala Lacordaire, "no perdí de vista al mundo". Y, en ese mismo tono, en el siglo recientemente acabado, Vicente McNabb comentó en alguna ocasión a sus hermanos: "el mundo está esperando por aquellos que lo aman … Si no amáis a los hombres, no les prediquéis; predicad para vosotros mismos".

En cierta ocasión, Yves Congar, llamando al orden a aquellos contemplativos, algunos de ellos monjes y sacerdotes, cuya pasión por lo absoluto les inclinaba a sentirse indiferentes ante el mundo y ante la "verdadera interioridad de las cosas", es decir, el hecho de que las "cosas existen en sí mismas con su propia naturaleza y necesidades", quiso señalar lo que consideraba un importante, aunque inesperado, rasgo laico de la visión dominicana de santo Tomás. Para Congar, igual que para santo Tomás, el "auténtico laico" es "alguien que, a través del mismo trabajo que Dios le ha confiado, encuentra que el verdadero ser de las cosas es en sí mismo real e interesante". Congar señala lo mismo en una carta escrita a un compañero dominico en 1959. Expresando un cierto desinterés hacia lo que él refería como "la distinción entre 'vida contemplativa/ activa' ", Congar escribía:

"Si mi Dios es el Dios de la Biblia, el Dios vivo, el 'Yo soy, Yo era, Yo estoy llegando', entonces Dios es inseparable del mundo y de los seres humanos… Mi acción consiste, por lo tanto, en entregarme a mi Dios, que permite que yo sea el lazo de unión de su divina actividad en el mundo y con la gente. Mi relación con Dios no es un simple acto de culto, que va de mí a Él, sino una fe por la cual yo me entrego a la acción del Dios vivo, quien se comunica a sí mismo con el mundo y con los seres humanos según su plan. Lo único que puedo hacer es ponerme confiadamente ante Él y ofrecerle la plenitud de mi ser y de mis talentos para poder estar allí donde Dios quiere que esté, como vínculo entre esa acción de Dios y el mundo".

Al leer este extracto de la carta de Congar, me viene a la mente una de las visiones más famosas de Santa Catalina de Siena. En ella, Santo Domingo se muestra precisamente como una especie de eslabón entre la acción de Dios y el mundo. Catalina le comunica a su amigo dominico el Padre Bartolomé que, antes que nada, había visto al Hijo de Dios saliendo de la boca del Padre eterno y luego, para sorpresa suya, vio salir del pecho del Padre al "santísimo patriarca Domingo". "Para esclarecer su asombro", el Padre le dijo: "Igual que este Hijo mío, por su propia naturaleza … habló al mundo…, también Domingo, mi hijo adoptivo, lo ha hecho". En esta visión la unión entre Domingo y el Padre no podía ser más íntima. Pero el predicador que vemos aquí no se ajusta al modelo ordinario del contemplativo, que deja el mundo y mira hacia Dios, sino que Domingo, al igual que el Hijo de Dios, aparece saliendo de Aquel que, desde el principio, "tanto amó al mundo".

En términos de Congar, la única acción de Domingo fue rendirse con fe y esperanza a la maravillosa iniciativa salvadora de Dios. "Sólo hay una cosa importante y verdadera", señala Congar, "entregarse a Dios". Pero Congar es asimismo consciente de que en la vida de Santo Domingo y de los primeros frailes esta entrega no fue nunca un simple acto ocasional de la voluntad, sino una entrega que exigía a los hermanos un "seguimiento diario de los pasos del Salvador", una aceptación libre y radical de un modo evangélico de vida.
Es aquí, en este momento, donde nos encontramos de frente con una de las formas más claras y concretas de la dimensión contemplativa de nuestra vida: el rezo en común, el estudio, la observancia regular, el seguimiento de la regla de San Agustín y la disciplina del silencio. Estas prácticas religiosas concretas representaban para Santo Domingo una parte vital del modo de vida evangélico, pero la predicación siempre permaneció como lo más importante. Creo que debemos estar agradecidos porque en las últimas décadas este mensaje sobre la predicación ha vuelto a la Orden con fuerza y claridad.

Pero, ¿qué formas de vida regular y contemplativa deberían apoyar idealmente la predicación? ¿No estaremos acaso hoy necesitados de recuperar la confianza en este aspecto de nuestra tradición? Ciertamente no somos monjes pero tampoco un instituto secular. Por supuesto que la predicación es, en sí misma, una actividad espiritual e incluso contemplativa. Para Santo Domingo y los primeros frailes hablar de Dios ("de Deo") -la gracia de la predicación- presupone haber hablado antes con Dios ("cum Deo") -la gracia de la oración actual o de la contemplación-. En la vida apostólica adoptada por los frailes el éxtasis del servicio o atención al prójimo no puede pensarse sin el éxtasis de la oración o de la atención a Dios, y viceversa.

Por supuesto que para ser predicador no se necesita ser un monje del desierto ni un maestro de mística, ni siquiera un santo, pero lo que sí hay que ser, en frase de Humberto de Romanis, es, ante todo, "primeramente un orante". Ha de someterse uno mismo a Dios en la oración con al menos el humilde éxtasis de la esperanza, ya que, como nos recuerda Santa Catalina de Siena en El Diálogo, "no podemos compartir con los demás lo que no tenemos nosotros mismos".

Por supuesto, al final es la predicación lo que importa. Cristo no nos dijo "estaos quietos y contemplad". Nos mandó "id y predicad". Sin embargo, merece la pena recordar aquí que, para los primeros frailes, la gracia de la predicación -el rendirse a la palabra viva de Dios- estaba siempre íntimamente unida con una vida común de oración y de adoración, y también con lo que Jordán de Sajonia llama, con una expresión muy aguda, la "observancia apostólica".

Según la comprensión de Jordán de Sajonia, el diseño de la vida y de la oración comunitarias dominicanas no constituía ningún tipo de disciplina externa o arbitraria. Más bien, Jordán lo vio de forma entusiasta como una oportunidad que tenemos para experimentar, aquí y ahora en la fe, al Cristo resucitado entre nosotros. En una carta escrita a sus hermanos en París, Jordán habla de la necesidad que cada uno de nosotros tiene de mantenerse en el vínculo de la caridad y de sostenerse en la fe con los hermanos. Jordán dice que, si fallamos en eso, perderemos la oportunidad de encontrar al Cristo resucitado. Porque "el hombre" que se aísla de la unidad de la fraternidad "no podrá encontrar el consuelo del Espíritu". En opinión de Jordán, "no podrá nunca tener plenitud de visión del Señor a no ser que esté con los discípulos reunidos en la casa".

En la práctica de la oración pública y privada y en la tarea de la predicación descubrimos, "in medio ecclesiae", que ahora Cristo está vivo dentro de nosotros. Él es nuestro hermano resucitado, a quien podemos acercarnos y hablar como amigo. Escribe Santo Tomás, citando a Crisóstomo: "¡qué alegría se os ha concedido, qué gloria se os dado, hablar con Dios en vuestra oración, conversar con Cristo, pidiéndole lo que necesitáis y lo que deseáis!".

En la contemplación ponemos toda nuestra atención en Dios, pero hay algo más. Aunque totalmente transcendente en su origen, la Palabra de Dios ha descendido al mundo y se ha encarnado. Como señaló alguna vez Simone Weil, "Dios tiene que estar de parte del sujeto". La iniciativa le pertenece siempre. Por consiguiente, tanto en nuestro trabajo como en nuestra oración, nos damos cuenta de que Cristo no es simplemente el objeto de nuestra atención. Él es la Palabra viva en nosotros, el amigo "en quien vivimos, nos movemos y existimos". Y así, haciéndonos eco de la primera carta de San Juan, no dudamos en proclamar: esto es contemplación -esto es amor contemplativo-, no tanto que podemos contemplar a Dios cuanto que Dios nos ha contemplado a nosotros primeramente, y ahora está en nosotros, en cierto sentido, e incluso a través de nosotros, como parte del misterio de su vida resucitada en la Iglesia, contempla el mundo.

Hace más de 50 años, el filósofo existencialista Albert Camus fue invitado a dar una charla a la comunidad dominicana de Latour-Maubourg, en Francia. En su charla Camus recomendó encarecidamente a los hermanos que mantuvieran su propia identidad dominicana y cristiana. Señaló que "el dialogo sólo es posible entre personas que conservan su identidad y que dicen la verdad". Seguid siendo lo que sois. Parece algo sencillo pero, como todos muy bien sabemos, nuestra identidad como dominicos, con su fundamental sencillez evangélica, por un lado, y con su gran riqueza y variedad de elementos, por el otro, es algo que no podemos dar por hecho. En cada época existe el riesgo de que algún aspecto de nuestra identidad se pierda, se olvide o se ignore. Y, en consecuencia, la tarea de la predicación - objetivo prioritario de la Orden - se resentirá.

Si existe un aspecto o dimensión de nuestra vida dominicana actualmente expuesto al olvido, no tengo ninguna duda de que es la dimensión contemplativa. Al principio de esta charla os he contado la historia de aquel antiguo dominico que casi pierde su fe por culpa de tanta contemplación. Dudo mucho que esto suceda hoy en la Orden. Si algo pudiera ocurrir, en esta época de prisas y en un mundo tan altamente tecnológico, sería que perdiéramos la fe debido al exceso de actividad.

Encuentro alentador y desafiante, en este contexto, un comentario hecho por Marie-Dominique Chenu en una de sus últimas entrevistas. Viviendo en Saint-Jacques de Paris, en el mismo convento que aquel frater anonymus del siglo XIII a quien antes hemos citado, Chenu descubrió que lo que él había visto en el mundo le dirigió, de algún modo, hacia la contemplación. Chenu insistía en que el mundo y la Palabra de Dios no debían caminar por separado. "Nuestra prioridad es salir al mundo porque el mundo es el lugar en que la Palabra de Dios cobra significado". Estos pensamientos, tal y como los entendemos hoy, forman parte de la herencia recibida desde el siglo XII o, mejor, desde el siglo XIII. Pero el comentario de Chenu que yo encuentro más interesante se refiere a su experiencia inicial de la Orden y a la razón por la que él vino al convento. Nos dice: "No tenía intención de entrar, pero me impresionó mucho la atmósfera del lugar". Chenu recuerda que no era una atmósfera monástica propiamente dicha, pero sí de contemplación. Fue la "atmósfera contemplativa" lo que le atrajo. Y no sólo eso, sino que también la devoción de los hermanos por el estudio y el ambiente general de dedicación intensa y ascética permanecerían con Chenu durante muchos años. "A lo largo de mi vida", dice él, "he cosechado los beneficios de este 'cadre' (marco) contemplativo".

También Santo Tomás, en la Summa, se ocupa de la vida contemplativa. Recordaréis que ya anteriormente, en esta misma sección, he hablado sobre el espíritu laico del Aquinate, cómo miraba siempre las cosas de este mundo con mucho respeto. Pero en la Summa, al hablar de la vida contemplativa, enfatiza la importancia de prestar atención también a lo que llama las "cosas eternas". Escribe: "La vida contemplativa consiste en una cierta libertad de espíritu. Así, dice Gregorio que la vida contemplativa produce una cierta libertad de espíritu porque considera las cosas eternas".

Esta "libertad de espíritu" que emana de la contemplación no está exclusivamente reservada a los contemplativos enclaustrados. De hecho, como predicadores que somos, tenemos necesidad de esa libertad quizás más que nadie. Ya que, sin ella, corremos el riesgo a ser prisioneros del espíritu de la época y de las modas imperantes. Y, al final, lo que prediquemos no será la Palabra de Dios, sino nuestras propias palabras e ideas. Y esa palabra, ese mensaje, no servirá al mundo, aún cuando nos parezca estar llevándola hasta los últimos extremos de la necesidad humana. Tal y como el evangelio y nuestra propia tradición nos recuerdan, para verdaderamente "salir al exterior", hemos de exigirnos, antes que nada, un viaje a nuestra interioridad. Dice Eckhart: "Dios está dentro, nosotros fuera. Dios está en casa, nosotros en el extranjero… Dios conduce al justo por sendas estrechas hacia el camino ancho que los llevará al exterior".


La contemplación: una visión del prójimo.

En la literatura religiosa tradicional, la palabra "éxtasis" está frecuentemente ligada a la contemplación. Pero, por supuesto, en la calle esa palabra significa hoy en día una sola cosa: ¡una droga muy potente y peligrosa! A lo largo de los siglos, los dominicos no se han recatado en el uso de esa palabra a la hora de hablar sobre la oración o la contemplación. Pero es típico el siguiente comentario de Eckart, más bien agudo y desafiante. Afirma: "Si una persona estuviera en éxtasis, como San Pablo estuvo, y supiera que algún enfermo tenía necesidad de que le diera un poco de sopa, yo creo que sería mucho mejor que esa persona dejara su éxtasis por amor y mostrara mayor amor en el cuidado del necesitado". "Amor", he ahí esa pequeña palabra del evangelio, ese heraldo de la gracia de la atención, que nos recuerda a todos nosotros lo que realmente significa la palabra contemplación, la contemplación cristiana.

Una de las afirmaciones sobre Santo Domingo más frecuentemente citadas es que "entregaba el día a su prójimo y la noche a Dios". Es una afirmación elocuente, pero, en cierto modo, no es estrictamente verdadera, pues, incluso antes de que el día se acabara, en el gran silencio y soledad de las largas vigilias nocturnas de Domingo, el prójimo no era nunca olvidado. Según uno de los contemporáneos del Santo -el hermano Juan de Bolonia-, después de largas oraciones en las que permanecía postrado boca abajo en el suelo de la iglesia, Domingo se levantaba y rendía dos pequeños actos de homenaje: primeramente "visitaba cada uno de los altares de la iglesia… hasta la media noche", y después "iba sigilosamente a visitar a los hermanos que dormían y, si era necesario, les cubría".

El modo en que este relato ha sido escrito produce en uno la sensación de que la reverencia de Domingo hacia cada uno de los altares de la iglesia está, de algún modo, íntimamente relacionada con su reverencia y cuidado de los hermanos que dormían. Es casi como si Domingo reconociera, antes que nada, la presencia de lo sagrado en los altares y después, con no menor reverencia, esta misma presencia en sus propios hermanos. Siempre me ha llamado poderosamente la atención una frase de Nicolás Cabasilas citada por Yves Congar hace muchos años. Dice así: "De entre todas las criaturas visibles, sólo la naturaleza humana puede ser realmente un altar". El mismo Congar, en su libro El misterio del templo, se permite afirmar: "Todo cristiano tiene derecho al nombre de 'santo' y al título de 'templo' ". Igualmente Jordán de Sajonia, el primer maestro después de Domingo, haciéndose eco de la misma visión paulina, exclamó en una carta escrita a una comunidad de monjas dominicas: "El templo de Dios es santo y ese templo eres tú; no cabe ninguna duda de que el Señor está en su santo templo cuando mora en ti ".

En mi opinión, la más sobresaliente de todos los que, en la tradición dominicana, han hablado o escrito sobre el tema del prójimo en la contemplación es Santa Catalina de Siena. En la primera página de su Diálogo se nos dice que, "cuando estaba orando, elevada espiritualmente", Dios le reveló algo sobre el misterio y dignidad de cada uno de los seres humanos. "Abre los ojos de tu mente", le dijo, "y verás la dignidad y la belleza de mis criaturas racionales". Catalina le obedece inmediatamente, pero, al abrir los ojos de su mente en oración, descubre no sólo una visión de Dios y una visión de ella misma en Dios como su imagen, sino también una nueva y compasiva visión y conocimiento de su prójimo. "Inmediatamente se siente obligada", escribe Catalina, "a amar a su prójimo como a sí misma, porque ve cuán supremamente es amada por Dios, observándose a sí misma en la fuente del mar de la esencia divina".

Yo creo que, dentro de estas escuetas palabras de Catalina, hay una verdad simple, pero profunda: el origen de su visión del prójimo y la causa de su profundo respeto por la persona individual es su experiencia contemplativa. Lo que Catalina recibe en la oración y contemplación es lo que Domingo recibió antes que ella: no sólo el mandamiento divino de amar a su prójimo como ella misma había sido amada, sino una inolvidable intuición que va más allá de las consecuencias de la miseria humana, un vislumbre de la gracia y de la dignidad ocultas en cada persona. Esta visión del prójimo afectó tan profundamente a Catalina que, en una ocasión, comentó a Raimundo de Capua que, si él pudiera ver como ella veía esta belleza, la belleza interior y oculta de la persona individual, sería capaz de sufrir y morir por ella. "Oh Padre… si pudieras ver la belleza del alma humana, estoy convencida de que estarías dispuesto a morir cien veces, si esto fuera posible, por la salvación de una sola alma. Nada en este mundo sensible que nos rodea puede compararse en hermosura al alma humana".

La afirmación de estar dispuesta a morir cien veces por el hermano parece extrema, pero es típica de Catalina. En otro lugar Catalina escribe: "¡Aquí estoy, pobre desdichada, viviendo en mi cuerpo y, sin embargo, constantemente fuera de él en el deseo! ¡Ah, amable y buen Jesús!, estoy muriendo y no puedo morir". "Estoy muriendo y no puedo morir", Catalina repite esta última frase varias veces en sus cartas. Dos siglos después, la mística carmelita Santa Teresa de Ávila usa también la misma frase, pero de un modo muy diferente. Fiel a su vocación carmelitana, su atención se centra enteramente y con profundo anhelo en Cristo, su Esposo. Sin Él, el mundo tiene escaso o nulo interés. Y así, en uno de sus poemas, Teresa nos dice que "está muriendo" de gran dolor espiritual, porque aún no puede "morir" físicamente y ser una con Cristo en el cielo:

"Sólo esperar la salida me causa dolor tan fiero que muero porque no muero".

Cuando Catalina utiliza la frase "muero porque no muero", no lo hace nunca para expresar un deseo de salir de este mundo. Por supuesto que Catalina, al igual que Teresa, anhela estar con Cristo, pero su pasión por Cristo la lleva, como dominica que es, a querer servir de cualquier modo posible al Cuerpo de Cristo, la Iglesia, que está en el mundo aquí y ahora. Su deseo angustioso procede de su conciencia de la limitación de todos sus esfuerzos. Escribe: "Muero porque no muero; reboso, pero no puedo rebosar a causa de mi deseo de renovación de la santa Iglesia por el honor de Dios y por la salvación de todos".

El misticismo de Catalina de Siena, como el de Domingo, es un misticismo eclesial, un misticismo de servicio y no de entusiasmo psicológico. Por supuesto, tanto para Catalina como para Domingo, Dios es siempre el primer foco de atención, pero nunca olvidan al prójimo y sus necesidades. En aquella ocasión en que un grupo de ermitaños rehusó abandonar su vida solitaria en los bosques, aún cuando su presencia en Roma era muy necesitaba por la Iglesia, Catalina les escribió inmediatamente, diciéndoles con sarcasmo mordaz: "Se diría que la vida espiritual se observa actualmente con demasiada ligereza si puede perderse por cambiar de lugar. Pareciera que Dios prefiere ciertos lugares y que sólo se le encuentra en el bosque y no en cualquier otro lugar en tiempo de necesidad".

Este pronto de Catalina no significa que no apreciara la ayuda y los apoyos que ordinariamente son necesarios para la vida contemplativa: la soledad, el retiro y el silencio, por ejemplo. Catalina respetaba particularmente el silencio, pero lo que no aprobaba en modo alguno era el silencio cobarde de ciertos ministros del evangelio que, en su opinión, deberían estar gritando alto y claro en favor de la verdad y de la justicia. "Grita como si tuvieras un millón de voces", urgía ella, "es el silencio lo que está matando al mundo".

Dos siglos más tarde, en una carta enviada a España por el dominico Bartolomé de las Casas, leemos esa misma urgencia. Era el año 1545. Bartolomé ya había descubierto, con no pequeño valor, que su vocación consistía en ser la voz que aquellos que no tenían voz. Viéndose diariamente confrontado con la apabullante degradación y tortura de gente inocente a su alrededor, estaba decidido a no permanecer callado por más tiempo. "Creo", escribió, "que Dios quiere que yo llene el cielo y la tierra, y otra vez toda la tierra, con gritos, lágrimas y gemidos".

Las Casas no fundamentó la fuerza de este desafío en la mera emoción. Una y otra vez vemos al predicador dominico apelando en sus escritos a lo que él llamó la "inteligencia de la fe". Según Las Casas, el mejor modo de alcanzar la verdad evangélica era "encomendarse decididamente uno mismo a Dios y penetrar profundamente hasta encontrar los cimientos". Era en este nivel de meditación humilde, pero persistente, en el que Bartolomé encontró no sólo la verdad sobre Dios, sino a Dios mismo, el Dios de la Biblia, el Padre de Cristo Jesús, el Dios vivo que, en palabras del propio Bartolomé, tiene "memoria fresca y viva de los más pequeños y de los más olvidados".

Al consentir estar expuesto él mismo de ese modo al rostro de Cristo crucificado en el afligido, Bartolomé fue verdadero hijo de su padre Domingo, porque Domingo era un hombre poseído no sólo por una visión de Dios, sino también por una profunda convicción interna de las necesidades de las personas. Y era a los hombres y mujeres de su propio tiempo, a sus contemporáneos, cuyas necesidades había sentido en su oración casi como una herida, a los que Domingo quería comunicar lo que había aprendido en la contemplación.

En el corazón mismo de la vida de Domingo, como principio y como fin, existía un intenso y contemplativo amor de Dios. Pero al leer las primeras crónicas sobre la vida de oración de Domingo, lo que también llama inmediatamente la atención es el lugar que ocupan los otros, los afligidos y oprimidos, en el acto mismo de la contemplación. Los "alii", los otros, no son simplemente receptores pasivos de la viva predicación de Domingo. Incluso antes del momento de la predicación, cuando Domingo se convierte en una especie de canal de gracia, esas personas, los afligidos y oprimidos, ocupan "el más íntimo recinto de su compasión". Incluso forman parte del "contemplata" en "contemplata aliis tradere". Escribe Jordán de Sajonia:

"Dios había concedido a Domingo una gracia especial para llorar por los pecadores y por los afligidos y oprimidos; cargó con sus miserias en el más íntimo recinto de su compasión, y la cálida simpatía que sentía por ellos en su corazón desbordaba en las lágrimas que caían de sus ojos".

Por supuesto que, en parte, esto significa sin más que, cuando Domingo ora, se acuerda de interceder por las personas que él sabe que están en necesidad, especialmente por los pecadores. Pero hay algo más, una "gracia especial", por usar la expresión de Jordán. La herida del saber que abre el corazón y la mente de Domingo en la contemplación, permitiéndole experimentar en toda su crudeza el dolor y la necesidad de su prójimo, no puede ser atribuida ni a las múltiples experiencias de dolor observadas ni a su propia simpatía natural. La herida apostólica que Domingo recibe, y que le capacita para actuar y predicar, es una herida contemplativa.


Conclusión.

Recuerdo que, cuando era novicio en la Orden, pregunté acerca de la contemplación a uno de los sacerdotes de la casa, un hombre maravilloso llamado Cahal Hutchison. "¿Cuál es el secreto de la contemplación dominicana?", pregunté. El padre Cahal dudó por un momento, me sonrió y después dijo: "Hermano Paul, nunca se lo digas a los carmelitas o a los jesuitas, pero nosotros no tenemos otro secreto que el del evangelio". "No obstante", continuó, "como dominico que soy, puede revelarte las dos grandes leyes de la contemplación". Inmediatamente, con el entusiasmo propio de un novicio, saqué papel y lápiz. Cahal dijo: "La primera ley es orar. Y la segunda ley es seguir orando". Quizás, hermanos míos, esto es lo primero y lo último que puede decirse sobre este tema. puce

 

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