Última actualización :
2001-07-23

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Mensaje del Papa Juan Pablo II al Capítulo General

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Al Muy Reverendo Padre Timothy Radcliffe
Maestro General de la Orden de Predicadores


"Dando gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de participar de la herencia de los santos en la luz" (Col 1, 12), te saludo a ti y a la Orden de Predicadores con la ocasión del Capítulo General Electivo en Rhode Island [EE. UU.] que comienza el 10 de julio de 2001. Mientras se reúnen en el primer capítulo del nuevo milenio para elegir el octogésimo-quinto sucesor de su bienaventurado fundador santo Domingo, invoco sobre los miembros del capítulo la luz del Espíritu Santo, para que todo lo que piensen y digan fortalezca la Orden y traiga paz a la Iglesia, dando así gloria a Dios.


Desde el principio, uno de los primeros quehaceres asignados a su Orden era la proclamación de la verdad de Cristo respondiendo a la herejía albigense, una nueva forma del antigua herejía del Maniqueísmo que era desafío desde el inicio del cristianismo. A su fondo estaba la negación de la Encarnación, el rehuso de aceptar que "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosostros, lleno de gracia y de verdad" (Jn 1, 14). Para responder a esta nueva forma de herejía antigua, el Espíritu Santo levantó la Orden de Predicadores, hombres que serían preeminente en su pobreza y itinerancia en servicio al Evangelio, que contemplarían sin cesar la verdad del Verbo Encarnado en oración y estudio, y por su predicación y enseñanza darían a los demás los frutos de tal contemplación. Contemplata aliis tradere: el lema de la Orden llegó a ser su gran vocación, y así sigue siendo hasta hoy día.
En su capítulo reflejarán sobre los temas intimamente relacionados, "predicando el Evangelio en un mundo globalizado" y "la renovación de la vida contemplativa". La historia de su Orden indica que el Evangelio será predicado de manera nueva y eficaz en un mundo de cambios rápidos sólo si cristianos siguen el camino de contemplación que los conduce a la unión más íntima con Cristo, "conocido por su presencia multiforme en la Iglesia y en el mundo, y confesado como el significado de la historia y la luz de la jornada de la vida" (Novo Millenio Ineunte, 15).


Está claro que las aflicciones antiguas del alma humana y las grandes mentiras nunca mueren sino se esconden por un tiempo, para aparecer de nuevo en otras formas. Por eso es siempre necesaria una nueva evangelización tal como aquella a la que el Espíritu Santo ahora está convocando a la Iglesia entera. Vivimos en un tiempo marcado del modo particular por la negación de la Encarnación. Por la primera vez desde su nacimiento hace dos mil años, parece que Cristo no encuentra lugar en un mundo cada vez más secularizado. No le rechazan a Cristo explícitamente: más aún, muchos profesan de admirarlo y valorar elementos de su enseñanza. Pero todavía queda lejos: no es verdaderamente conocido, ni amado, ni obedecido, sino consignado al pasado lejano o al cielo lejano.


Nuestra época niega la Encarnación en muchas maneras prácticas, y las consecuencias de esta negación son evidentes y perturbadoras. En primer lugar, la relación del individuo con Dios se ve como puramente personal y privada, tal que Dios está separado de los procesos que controlan la actividad social, política y económica. Esto conduce a la vez a un sentido muy disminuido de posibilidad humana, ya que es sólo Cristo que revela plenamente las posibilidades magníficas de la vida humana, que en verdad "revela el hombre a sí mismo" (Gaudium et Spes, 22). Cuando Cristo es excluido o negado, nuestra visión del sentido humano se disipa, y cuando esperamos menos e intentamos menos, la esperanza da lugar a la desesperación, la alegría a la depresión. También se ve una profunda falta de confianza en la razón y de la capacidad humana de comprender la verdad; de hecho, el mismo concepto de la verdad esta cuestionado.

Hay un empobrecimiento mutuo cuando la razón y la fe se separan, degenerando en fideísmo por una parte, y racionalismo por otra (cf. Fides et Ratio, 48). La vida no es valorada ni amada, y de aquí se sigue que avanza una cierta cultura de muerte, con sus sombras del aborto y eutanasia. El cuerpo y sexualidad humanos no son dignamente valorados ni amados, y de aquí se sigue que hay una degradación del sexo que se muestra en las olas de confusión moral, infidelidad y la violencia de pornografía. La creación misma no es valorada ni amada, y de aquí siguen las tinieblas del egoísmo destructivo en mal uso y explotación del medio ambiente.


En tal situación, la Iglesia y el Sucesor del Apóstol Pedro miran hacia la Orden de Predicadores con no menos esperanza y confianza que las que tuvimos en la época de su fundación. Las necesidades de la nueva evangelización son grandes, y es verdad que su Orden, con sus numerosas vocaciones y excelente herencia deben jugar un papel importante en la misión de la Iglesia de vencer las antiguas mentiras y proclamar el mensaje de Cristo eficazmente a la aurora del nuevo milenio.


Cuando moría, santo Domingo dijo a sus hermanos que se lamentaban: "No lloren, pues les seré más útil tras la muerte, y les ayudaré entonces más eficazmente que en la vida". Ruego con fervor que la intercesión de su fundador los fortalezca para las tareas actuales, y que el gran ejército de santos dominicanos que han embellecido el pasado de la Orden iluminen la senda hacia el futuro. Confiando la Orden de Predicadores a la protección maternal de Nuestra Señora del Rosario, felizmente les imparto mi Bendición Apostólica a ti, a los miembros del capítulo, y a todos los Frailes, como prenda de gracia sin fin y paz en Jesucristo, "la imagen de Dios invisible y primogénito de toda criatura" (Col 1, 15).

Del Vaticano, 28 de junio

Juan Pablo II puce

 

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