Capítulo
General de la Orden de Predicadores
Providence, Rhode Island, EE.UU., 11 de julio de 2001
Una
de las tareas de un Capítulo General es la de preparar la dirección
de un instituto religioso para el tiempo que se avecina. Para poder
hacer eso, es necesario asesorarse acerca de la situación en
la cual el instituto se encuentra, tanto en términos de su
vida interna como en términos del ambiente en el cual busca
trabajar. Tratar sobre esta última parte de la idea -concretamente,
el más amplio ambiente en el cual la Orden se encuentra- es
un trabajo enorme, mucho mayor de lo que cualquier individuo pueda
realizar. Este Capítulo General, que tiene lugar inmediatamente
después de la celebración del Gran Año Jubilar
de la Iglesia al principio del tercer milenio de la cristiandad, nos
apremia a pensar conjuntamente, esto es, en términos de cambios
fundamentales que puedan estar actualmente teniendo lugar en nuestro
mundo y que afectarán a lo que hagamos en el provenir durante
un largo período de tiempo.
A
cada época, por supuesto, le gusta pensar que ella constituye
un tiempo de cambio fundamental. Sólo la historia podrá
juzgar si, en realidad, nosotros nos encontramos en ese punto, tal
y como el cambio de milenio del calendario gregoriano nos tienta a
creer. Aunque pudiésemos presenciar una o dos generaciones
a partir de hoy, en este momento tenemos la responsabilidad de sondear
tan profundamente como podamos en los movimientos y corrientes de
nuestro propio tiempo en orden a vivir fielmente los compromisos de
predicación del evangelio que nos competen. Esto recae especialmente
sobre ustedes, como frailes dominicos que son. Su carisma, tal y como
yo lo entiendo, no consiste solamente en ser una fuerza activa y positiva
para el evangelio en el mundo, sino también en enraizar su
actividad evangélica en la oración y el estudio en un
contexto comunitario. Parecería que ese estudio encuentra su
fuente y sustento no sólo en la gran tradición de la
que son herederos dentro de la Iglesia, sino que también requiere
una investigación del contexto en el cual esa tradición
debe comprometerse hoy.
Lo
que voy a tratar de ofrecerles aquí es un conjunto de sondeos
de ese contexto. Será limitado porque es la visión de
una persona sobre lo que necesitamos observar y en lo que necesitamos
comprometernos en los años que se avecinan inmediatamente.
Todos ustedes saben bien que el mundo en que sirven es excesivamente
complejo y cada vez más interdependiente, por eso las necesarias
simplificaciones que tienen que ser hechas aquí para ganar
alguna claridad distorsionarán el panorama. Como Capítulo
General, necesitan hacerse con los principales hilos que forman el
tejido del mundo. Yo espero que lo que ofrezco aquí les ayude
a hacerlo.
Esta presentación se concentrará en tres temas mayores
que dan forma a nuestra vida en el mundo de hoy. Se relacionan el
uno con el otro de maneras complejas, algunas de las cuales espero
aclarar aquí. Hay que decir nuevamente que tales temas sólo
pueden ser esbozados aquí de una manera muy amplia. Estos tres
temas pueden ser comprendidos como, primero, un marco en el cual situar
el mundo; segundo, una hermenéutica con la cual lo leeremos;
y tercero, un asunto apremiante que merece nuestra especial atención.
Los tres temas son: (1) dónde estamos con la globalización
en su segunda década; (2) la difícil co-existencia del
mundo pre-moderno, el moderno y el post-moderno en el mundo contemporáneo;
y (3) la interacción de la religión y la violencia en
el mundo actual. La globalización, para bien o mal, es la manera
más adecuada de describir el contexto en el que trabajamos
actualmente. Sin embargo, aunque la globalización pueda describir
nuestro contexto, su énfasis sobre la modernización
no es totalmente una adecuada hermenéutica para la experiencia
de aquellos que viven en este contexto. Hay una (no siempre pacífica)
confluencia de las corrientes premoderna, moderna, y postmoderna en
nuestro mundo. Y finalmente, esto es ejemplificado en uno de los más
desafiantes asuntos a los que actualmente hacemos frente, el de la
relación de la religión con la violencia en nuestro
mundo conflictivo. La modernidad por sí misma no puede explicar
ni el resurgimiento de la religión ni sus efectos. Sus conexiones
con la violencia nos hacen repensar la mera esencia de la misma enseñanza
religiosa.
Explorar
estos tres temas no es suficiente. Me gustaría llevarlos un
poco más allá y sugerir algo de lo que sería
una respuesta desde el Evangelio, de lo que sería el ministerio
de la predicación en el tiempo que se avecina. Esto no será
trabajar en detalle teológico tal visión, sino el indicar
dónde necesitaremos suficiente oración y estudio para
ser fieles a nuestro compromiso de predicar la Buena Nueva.
La globalización en su segunda década
El concepto "globalización" se ha hecho insuficiente
para describir el orden del mundo que ha venido emergiendo desde el
final del alineamiento político de la Guerra Fría en
1989, y la gradual emergencia de nuevas relaciones en el mundo. La
globalización está marcada por las interconexiones de
cuatro características de ese mundo: (1) los avances de las
tecnologías en comunicación; (2) el dominio del neoliberalismo
capitalista; (3) un nuevo alineamiento en el orden político,
que aún trata de encontrarse a sí mismo pero aún
está lejos de hacerlo; y (4) dramáticos cambios socioculturales
que conllevan los cambios en comunicaciones, economía, y política.
Debe decirse inmediatamente que, a pesar de que estas cuatro características
mencionadas nos indican un mundo más interconectado e interdependiente,
ellas también están agudizando y ampliando el cisma
entre aquellos que son incluidos en este nuevo orden mundial y aquellos
que son excluidos. La mayoría de la población de este
mundo se encuentra a sí misma del lado de los excluidos de
esta división. Como Iglesia y ustedes como una Orden dentro
de la Iglesia, un sentido de justicia demanda que esta dimensión
sea atendida y en verdad denunciada en el nombre de la dignidad. La
forma en que habremos de atender y tomar en cuenta esta división
requiere un análisis que no simplemente repita las panaceas
del pasado, sino que lea la situación de tal forma que nos
lleve a la acción.
La
preocupación aquí consiste en no llevarnos a una descripción
exhaustiva de la globalización. Tales descripciones las tenemos
ahora al alcance en abundancia. Lo que yo quisiera hacer es simplemente
notar algunos elementos sobresalientes en el área de las comunicaciones,
la economía, la política, y ramificaciones socio-culturales
de la globalización para así después avanzar
con rapidez hacia aquello que hayan de ser los contornos de la globalización
que deben ser atendidos, ahora que este periodo de globalización
se encuentra en su segunda década. Pues sabemos que ésta
no es la primera vez en que los patrones de globalización se
han hecho presentes en el mundo. (La mayoría de los académicos
dirían que el más reciente patrón fue el precedente,
que duró entre más o menos 1870-1914). Muy a pesar de
la inmensidad y complejidad de la globalización presente, no
es inevitable, y de hecho puede ser interrumpida, si las naciones
decidiesen repentinamente construir murallas protectoras a su alrededor.
El propósito de esta presentación, por tanto, en esta
primera sección, es establecer el escenario para lo que nosotros
como agentes del Evangelio podamos hacer dentro de esta perspectiva.
La globalización está basada en la conectividad y rapidez
con que tal conectividad puede ser utilizada. Como alguien ha observado
recientemente, es una conexión de acercamiento entre partes
del mundo distanciadas. Expertos en la historia precedente de la globalización
indican avances en sistemas de transporte (los grandes buques de navegación,
la ingeniería de vapor), y comunicación (el telégrafo
y el teléfono), así como aquellas tecnologías
que dirigieron la globalización en el pasado. En esta presente
fase de globalización, la tecnología electrónica
es ciertamente la que ha hecho posible la producción de la
nueva red mundial de conexiones.
Dos aspectos necesitan recalcarse sobre dichas tecnologías.
Primeramente, una proporción significativa del mundo es excluida
de ellas, a pesar de que este número de personas continúe
reduciéndose. Se ha estimado que hasta un 40% de la población
mundial nunca ha usado un teléfono, la base para la tecnología
de Internet, simplemente porque no se encuentra a su alcance. Mientras
que este número continúa reduciéndose gracias
a la tecnología del teléfono celular y a futuras generaciones
de computadoras, será necesario un largo período de
tiempo para una mayor reducción. La exclusión a este
nivel fundamental significa que el abismo entre los ricos y los pobres
continuará acechando el bienestar y unidad de la humanidad.
En segundo lugar, las tecnologías de comunicación han
democratizado el flujo de la información. Esto significa, por
un lado, que resulta cada vez más difícil ocultar información
a la gente (con todas las consecuencias políticas y sociales
que esto implica), por el otro, que la gente a nivel más básico
puede organizar opinión pública en contra de bloques
de poder político y transnacional. Como bien se conoce, el
tratado internacional contra las minas antipersonales fue organizado
a través de Internet. Así mismo, esfuerzos similares
de organización han forzado a compañías internacionales
a hacerse más responsables ecológicamente. El potencial
para la organización de la opinión pública es
una fuente muy poderosa para el cambio social del futuro. Las funciones
económicas de la globalización son quizás las
más prominentes. Éstas están basadas en tecnologías
de información, pero ejercen influencias poderosas tanto sobre
los ricos como los pobres del mundo. Es muy probable que el relativamente
desenfrenado capitalismo de los años 90 sea limitado de alguna
manera durante la década que se avecina, dado que se hace cada
vez más claro que los márgenes de beneficios a corto
plazo pueden socavar completamente el sistema entero. Existe una gran
posibilidad de que surjan más medidas de auto-vigilancia y
otras formas de regulación. No es probable que surjan desde
una visión amplia de la humanidad, sino desde razones utilitarias
y de elección racional.
Aún resultan inciertas las alianzas políticas que han
de venir con la globalización. La influencia del Estado-nación
continuará reduciéndose pero no hasta el punto cero.
Existen servicios importantes que no pueden ser administrados y mantenidos
sobre una base internacional sino que tienen que ser administrados
en niveles más locales. La economía, sin embargo, ha
eclipsado y ahora ha dominado la política. En muchos países
las diferencias ideológicas han llegado a estar cada vez más
cuestionadas, ya que el criterio fundamental para mantenerse y continuar
en puestos oficiales pasa a ser la construcción y el sostenimiento
de la prosperidad económica del sistema. Debido a esto es muy
posible que mecanismos regionales transnacionales continuarán
surgiendo a partir de consideraciones económicas, como se ve
en la Unión Europea y en varios convenios de organizaciones.
El fin de la Guerra Fría parece haber puesto fin a los arreglos
políticos bipolares del mundo que han prevalecido desde la
Segunda Guerra mundial. Aún está por verse como se verá
un mundo verdaderamente multipolar. Es difícil decir si es
que el dominio de países como Estados Unidos continuará.
En cuanto a la posibilidad de las guerras, las guerras de los estados
de las próximas décadas serán sobre el acceso
a las fuentes de energía y a los recursos naturales, como ya
se ha visto en el Golfo pérsico y en África Occidental.
Guerras intra-estatales sobre identidad cultural y soberanía
continuarán, sin embargo disminuirán.
Los movimientos culturales continuarán formando nuestra vida
colectiva. Las migraciones de pueblos están creando sociedades
multiculturales para las cuales en la mayoría de los lugares
aún no existen políticas sociales concernientes a como
poblaciones de gran diversidad podrían vivir juntas. En el
presente Europa lucha con esta realidad más que cualquier otro
continente. También es muy posible que se enfrente una decadencia
por la gran disminución de la tasa de natalidad, lo cual reducirá
las posibilidades de relación tan importante para la economía
neoliberal. Esta disminución demográfica está
siendo balanceada solamente por la inmigración. Por la ausencia
de políticas sociales coherentes para la integración
de inmigrantes, Europa está frente a un conflicto aún
mayor en el futuro.
La hegemonía de los medios de comunicación social (con
su preponderancia de programas americanos) continuará a creando
una especie de hipercultura mundial, con el control de los medios
informativos en cada vez menos manos. Al mismo tiempo las formas locales
de resistencia cultural probablemente se incrementarán en términos
de reacción de las lenguas locales frente a la avasalladora
presencia del inglés y la protección de formas culturales
locales.
La negociación del gran abismo entre ricos y pobres llegará
a ser una cuestión más prominente que la que es ahora,
como ya fue mencionado. Lo que será explosivo social y políticamente
no es tanto la desigualdad cuanto la pobreza y miseria absolutas a
que han sido arrojadas poblaciones enteras. Así, las cuestiones
no son solamente económicas, sino también sociales y
políticas. La actual parálisis ante la situación
del continente africano con las guerras libradas por sus recursos
naturales, la impotencia ante los estragos del SIDA, la profunda inestabilidad
política de buena parte de la región representa el preludio
de lo que podrá contemplarse más tarde en los países
de la antigua Unión Soviética y las regiones pobres
de América Latina y Asia.
De manera semejante, la retórica sobre la protección
del medio ambiente necesitará traducirse en acciones, puesto
que la evidencia del deterioro físico y del saqueo del medio
ambiente sigue creciendo. Si se quiere que la vida siga siendo sostenible
en el planeta, décadas de retórica tendrán que
pasar a la acción.
Éstos
aspectos de la presente fase de la globalización, que se encuentra
ya en su segunda década -aspectos que dependen parcialmente
de hacia dónde se dirija la innovación tecnológica,
de qué manera se negocie el bienestar económico de los
pobres, de que los alineamientos políticos mantengan la estabilidad,
de cómo la producción cultural genere la posibilidad
de una existencia multicultural genuina en el mundo y de cómo
sea conservado el entorno físico- darán forma a los
contextos en los que prediquemos el evangelio en la primera parte
del siglo XXI. Para ver de qué modo estos factores complejos
se traducen en estrategias para la acción, me gustaría
concentrarme en dos lugares a los que el evangelio necesita ser llevado.
Son dos formas dominantes de discurso en la clase de mundo que yo
acabo de describir: las formas emergentes de discurso global y la
proliferación de formas locales de discurso.
La globalización en su forma actual tiene mucho que ver con
la articulación de las formas de discurso global y local, con
el modo en que se expresa cada uno de ellos, con la relación
del uno con el otro. Lo que estamos presenciando en la segunda década
de la globalización es una atención creciente hacia
las formas globales de discurso, es decir, la formulación de
maneras de vivir juntos en un único planeta. La preocupación,
por ejemplo, por el desarrollo de una ética global ya tiene
diez años, y el séquito de dificultades que acarrea
articular una ética de conducta mundialmente aceptable se hace
cada vez más obvia. El lenguaje internacional de derechos humanos
codificado por vez primera después de la Segunda Guerra Mundial
se hizo más sobresaliente en los años noventa, especialmente
en lo que atañe a los derechos de la mujer, de los pueblos
indígenas y de otras poblaciones en riesgo. Más recientemente,
el discurso sobre justicia internacional ha sido la principal preocupación,
con el establecimiento de tribunales internacionales por crímenes
ocurridos dentro de las fronteras de los Estados-nación, fronteras
hasta ahora consideradas como totalmente inviolables, y una creciente
preocupación por el terrorismo y el crimen internacional. Me
parece que los creyentes religiosos necesitarían ser más
activos en el inicio y la continuación de estos discursos globales
sobre medio ambiente, derechos humanos y justicia internacional. La
enseñanza social católica, que es un tesoro en sí,
necesitará ser extendida más conscientemente en estas
áreas puesto que ahora se hace con mucha cautela. Una Orden
de académicos y de predicadores como la suya necesita ponerse
al frente de quienes contribuyen desde un punto de vista católico
y evangélico, con aquello que el evangelio puede ofrecer en
aquellas áreas que serán esenciales para la sustentabilidad
y la paz del planeta.
La otra parte de la globalización tiene que ver con lo local.
Las profundas ambivalencias de la globalización se sienten
aquí con mayor agudeza. Las contribuciones globales a la vida
a nivel local -donde la mayor parte del mundo vive- pueden resultar
embriagantes, cuando dan un nuevo sentido de cosmopolitismo. Pero
la globalización económica especialmente también
arrebata autonomía local en decisiones básicas sobre
el bienestar humano. Medios de comunicación social poderosos
pueden también amenazar con enseñorearse del lenguaje
y la expresión cultural. Las cuestiones de identidad y autonomía
pueden conducir a la gente en situaciones locales a una poderosa resistencia.
Esos esfuerzos son a menudo necesarios para sobrevivir. Pueden ser
también manipulados por poderes locales para fines egoístas.
En cualquier caso, tales cuestiones de identidad y autonomía
crean la paradoja fundamental sobre la globalización, o sea
que, aunque parece que el mundo se va haciendo cada vez más
uniforme, sin embargo profundiza su diversidad y continúa afirmándola.
Más aún, a nivel de las bases sociales, donde la mayor
parte de la gente vive, el evangelio debe dirigirse hacia las realidades
concretas e inmediatas. Una de las tareas de los agentes del evangelio
es ayudar a la gente a articular su identidad local a la luz de su
fe y a relacionar esa identidad con aquellas realidades más
amplias que la afectan. Relacionarse con las realidades globales implica
situar lo que acontece en el nivel local, pero también criticarlo
y resistirlo si es necesario. Dicho de otro modo, una tarea de nuestro
ministerio es crear los espacios sociales donde las personas pueden
encontrarse a sí mismas y a los demás, y tomar el control
sobre sus propias vidas.
Por lo tanto, la segunda década de la globalización
exige que una Orden transnacional como la suya encuentre la manera
de contribuir al discurso global y local, estableciendo vínculos
entre ambos. Estos vínculos consistirán en ser fieles
al evangelio en la vida local y, al mismo tiempo, seguir siendo críticos
con los discursos globales (y locales) que distorsionan y degradan
la dignidad de la persona humana. Las iniciativas que se tomen dentro
de la Orden deberán reflejar estas exigencias a la vez globales
y locales sobre los recursos y posibilidades de la Orden.
Dicho más teológicamente, la segunda década de
la globalización nos impulsa a encontrar nuevas formas de solidaridad
tanto a nivel global como a nivel local. La solidaridad debe ser algo
más que un grito de guerra o una noción general de acuerdo
intelectual; debe traducirse en formas concretas de acción.
Debe poner atención tanto a los niveles globales como a los
locales. El desarrollo del concepto teológico de solidaridad,
tal y como está presente en la enseñanza social católica
de los últimos años, será central para esta tarea.
La
coexistencia de lo premoderno, lo moderno y lo postmoderno.
Las definiciones de la globalización muchas veces identifican
globalización con el proceso de modernización. Como
la modernización, la globalización parece traer en su
despertar una diferenciación de esferas (como la de lo religioso
respecto de lo político, la de lo económico respecto
de lo social); y parece traer también la democratización
con su consiguiente preocupación por los derechos humanos,
la conciencia y la elección individuales, y la regla de lo
racional por encima de lo tradicional. Todo esto se ha hecho realidad
en muchas sociedades rurales atrapadas por la globalización
económica. Sin embargo, en la segunda década de la globalización
la realidad que está surgiendo es más compleja. En las
sociedades que no han experimentado la modernización a una
escala más amplia, la globalización les trae también
la modernización, sin embargo la manera en que se recibe en
la cultura local tiene grandes diferencias. En estos contextos, lo
premoderno y lo moderno continúan coexistiendo, lo uno junto
a lo otro. Esto se ve especialmente en contextos urbanos de los lugares
pobres del mundo, donde la gente rural adquiere una existencia socialmente
localizada en algún punto entre sus aldeas y la megalópolis.
En sociedades ya modernizadas, la globalización está
trayendo lo postmoderno, donde las promesas de lo moderno de traerles
progreso, igualdad e inclusión son intentadas hasta el extremo.
La unidad prometida por la racionalidad de las promesas parece fragmentarse
ante la presión de tanta diversidad. Lo postmoderno, en donde
se experimenta la limitación de tales promesas, existe junto
a lo moderno. Dados los patrones de emigración de las sociedades
modernas, lo premoderno, lo moderno y lo postmoderno existen hoy junto,
y la gente -especialmente los pobres y los inmigrantes- se encuentran
entrando y saliendo diariamente de estas esferas.
Sería conveniente dedicar unos momentos más a lo postmoderno,
el más nuevo de estos desarrollos. Si lo postmoderno se caracteriza
por la primacía de lo tradicional sobre lo racional, de lo
colectivo sobre lo individual, por una cosmovisión religiosa
que sirve como "canopeo sagrado" sobre los demás
sectores de la sociedad, ¿cómo podríamos caracterizar
lo postmoderno? Lo postmoderno es una respuesta a las carencias y
los límites de lo moderno. Lo postmoderno no está circunscrito
por lo moderno, con su preocupación por el individuo y sus
derechos, pero cuestiona la confianza total en lo racional y en sus
postulados sobre el progreso. Ya no tiene la visión unitaria
que encontramos en lo moderno. Para hacer un bosquejo general, digamos
que lo postmoderno comprende tres respuestas a lo moderno, cada una
de ellas basada en una diferente lectura de los límites de
lo moderno.
Una lectura consiste en considerar el proyecto moderno de emancipación
del individuo respecto de la tradición mediante la razón
y el progreso como un proyecto que, al menos en el nivel moral, ha
fracasado. En lugar de crear una sociedad más racional y justa,
la modernidad con su planteamiento racional ha perpetuado más
violencia, manifestada en forma de guerras mundiales, genocidios y
amenazas de destrucción nuclear y ecológica. La respuesta
al proyecto de lo moderno y su racionalidad consiste en reafirmar,
a pesar de su selectividad, características de un mundo premoderno
y tradicional. Lo que haya de ser reafirmado o recuperado conoce variaciones
-desde instituciones enteras hasta rasgos distintivos de las mismas.
En la teología y en la Iglesia ya estamos familizarizados con
este fenómeno, desde movimientos restauracionistas hasta estrategias
teológicas postmodernas como las de la "ortodoxia radical"
originada en el mundo de habla inglesa. El fundamentalismo, cualquiera
que sea su definición, es una forma más de esta recuperación
de lo premoderno para contrarrestar los ácidos de la modernidad.
Una
segunda lectura de la modernidad se percata de su limitación
en ser un proyecto que no está terminado. Es decir, el problema
con el mundo es que aún no ha experimentado realmente la emancipación
que la ilustración occidental - portadora de los valores de
la modernidad - prometió. Mas que sobrar, nos faltó
razón. En consecuencia, tenemos que continuar el trabajo hacia
los ideales progresivos presentados por la modernidad. Aunque tal
vez más críticamente y con menos inocencia de la que
hubo en la etapa anterior. Uno observa esta clase de aproximación
crítica en el trabajo del filósofo europeo Jurgen Habermas,
o en los discursos de aquellos que aun desean continuar con los proyectos
utópicos de los años setenta y ochenta.
Una tercera lectura de la modernidad concluye que las limitaciones
de la modernidad no implican su negación, sino que tenemos
que deducir las consecuencias lógicas de estas limitaciones
y habitar en el espacio hacia el cual estas limitaciones apuntan.
Esto es quizás la respuesta mejor conocida, articulada por
Jean-Francois Lyotard: no hay meta-narrativa que pueda mantener unidas
nuestras historias individuales, por lo tanto todo es provisional.
No hay una sola racionalidad sino "partidos" de racionalidades
compitiendo, internamente consistentes pero mutuamente incompatibles.
Debemos, como podamos, crear una identidad a partir de los fragmentos
de nuestra existencia, o simplemente refugiarnos en comunidades culturales
lingüísticas y así vivir en ellas como si fueran
fundaciones de certeza para guiar nuestras vidas. Pero tales fundaciones
no existen.
Por lo tanto, la post-modernidad es una conglomeración de diferentes
opciones que se apiñan alrededor de estos tres polos. La post-modernidad
asume la modernidad pero trata de situarse detrás de esta,
adelante con ella, o más allá ésta de maneras
selectivas. La coexistencia de lo premoderno, lo moderno, y lo postmoderno,
constituye un lente hermenéutico a través del cual se
ve el futuro inmediato. Hago esta aclaración sobre la coexistencia
de estas tres con el fin de afirmar tres puntos sobre la predicación
del evangelio en nuestro tiempo.
Primeramente, la generación que ahora está frente al
liderazgo fue nutrida a partir del movimiento de la Iglesia de lo
pre-moderno a lo moderno.
En los últimos 35 años, se podría decir que el
propósito del Concilio Vaticano II fue llevar a la Iglesia
al mundo moderno, tal y como Gaudium et Spes lo expresa tan elocuentemente.
Aunque el Vaticano II fue un concilio ecuménico (y tal vez
el más ecuménico hasta la fecha en la historia de la
Iglesia), trató muy bien los problemas del mundo secularizado
de Europa, América del Norte y Australia. Aquellos que llegaron
a una edad adulta durante el periodo del concilio o en la década
que lo siguió problabemente percibirán al mundo eclesiástico
como una transición de lo premoderno a lo moderno. En esta
coyuntura en el tiempo, desearían empujar la transición
a su conclusión lógica (la segunda posición reflejada
mas arriba), o desilusionados por sus promesas, recrear la misma opción
premoderna. La mayor parte de la lucha por el liderazgo en la Iglesia
de hoy se sitúa entre estas dos opciones.
A casi cuatro décadas después nos encontramos en una
situación diferente - una situación donde lo premoderno,
lo moderno y lo postmoderno pueden existir juntos. Esto llevará
a una estrategia diferente, más allá de una simple lucha
entre lo moderno y lo postmoderno.
Segundo, los miembros más jóvenes de nuestros Institutos
religiosos han crecido en esta situación postmoderna, y probablemente
serán capaces de resolver sus dificultades mejor que aquellos
que crecieron junto con la Iglesia, y con el compromiso de la Iglesia
de entonces con el mundo moderno. La recuperaración de lo premoderno
no es restauracionismo, debido a que ellos no conocen el periodo pre-Vaticano
II. Es el mismo caso para aquellos que se convirtieron al catolicismo
en el periodo postconciliar. Para comprometerse y liderar a la juventud
- que ahora forma una porción sustancial de la Orden de Predicadores
(entiendo que un sexto de sus miembros está ahora en formación)-
uno tiene que ser capaz de navegar en estas aguas postmodernas en
toda su complejidad. El liderazgo que ustedes escojan tiene que ser
capaz de tener esta visión que es más amplia.
Tercero, el asunto no es sólo lidiar con lo postmoderno. La
mezcla de lo pre-moderno, lo moderno y lo post-moderno varía
en diferentes partes del mundo, inclusive dentro de regiones. Las
culturas pre-modernas tienen que lidiar con un ritmo de cambios sobre
los cuales no tienen control. Los pueblos indígenas en muchas
partes del mundo han tenido que lidiar con estos cambios en una o
dos generaciones, en cambio los europeos han dispuesto de cinco o
seis generaciones para ello. La desintegración y destrucción
violenta de pueblos indígenas es evidente, con profundas consecuencias
humanas frecuentemente trágicas que ello trae. Las culturas
modernas también se enfrentan con el postmodernismo en modos
que eluden el control. Las luchas en los antiguos países comunistas
de Europa son un gran ejemplo de esto. Para una identidad global como
la de los dominicos, el liderazgo tiene que apuntar a incluir toda
esta realidad, porque esta es la realidad de nuestro mundo y de nuestra
Iglesia actuales. Cada faceta tiene que ser lidiada críticamente
porque hay elementos en armonía pero también contrarios
al evangelio en lo premoderno, lo moderno y lo postmoderno. La migración
a las ciudades hace ésta realidad más acertada. Una
cultura de la juventud mundial flota en las aguas del postmodernismo
y es el marco de impulso de la próxima generación.
¿Qué
significa teológicamente esta coexistencia de lo premoderno,
lo moderno y lo postmoderno? Será necesaria una clase de pluralismo
en teología para cosechar las propuestas que cada dimensión
ofrece, así como para proveer la crítica a cada una
de ellas. Tiene que haber un sentido mayor del pleroma o plenitud
en la que vivimos. Creo que no ha sido accidental el que en occidente,
recientemente, haya habido un gran interés en la teología
de la trinidad. Implícitamente, ésta es una manera de
criticar una clase de monismo que no nos sirve en un mundo cada vez
más pluralista. Volver a imponer una uniformidad será
tal vez promover una estrategia, pero a la larga la comunión
será secundaria. A la luz de esto la manera de interpretar
las luchas ideológicas dentro de la Iglesia adquiere importancia.
Llevarlo completamente a términos apocalípticos, de
lo bueno en contra de lo malo, tampoco va a ayudarnos. Tampoco las
dinámicas de poder pueden ser quitadas de la ecuación.
La búsqueda de la verdad y la pasión que ésta
lleva, raramente puede ser aislada del ejercicio de la ambición
humana. Nuestras teologías de comunión presentadas tan
consistentemente en los últimos años, como manera de
interpretar a la Iglesia, tienen que tener dentro de ellas un amplio
sentido de catolicidad, que ayude a iluminar lo que la unidad significa
para nosotros. Ser capaces de evaluar lo que vale la pena en lo premoderno
y lo postmoderno tanto como lo moderno hace una importante contribución
para tener un sentido de la plenitud de la fe y de la catolicidad
de la Iglesia.
Religión y violencia
Un punto que será de gran importancia para predicar el evangelio
en esta primera parte del siglo tiene que ver con la relación
entre la religión y la violencia. Debido al incremento de la
violencia durante los años noventa, se convierte en una grave
preocupación la manera cómo las posiciones religiosas
hacen legítima la violencia entre grupos. Esta situación
ya ha causado violencia entre cristianos (en Europa) y entre tradiciones
religiosas. La intolerancia asociada con el fundamentalismo también
se ha disparado. Si la secularización y el ateísmo eran
las principales preocupaciones que enfrentaban al mundo hace pocas
décadas, hoy el resurgimiento de la religión y su asociación
frecuente con la violencia política y social se ha convertido
en la preocupación central. El mundo se ha de-secularizado
hasta cierto punto, es decir, la secularización ya no puede
ser el lente a través del cual se pueda percibir la inevitable
dirección del mundo.
Ciertamente,
la religión ha sido a menudo asociada a la violencia en el
pasado. Piénsese solamente en las disculpas hechas por el papa
Juan Pablo II durante el año Jubilar para percatarse de este
hecho. Las cruzadas, las guerras religiosas del siglo XVI, anti-judaísmo
y anti-semitismo han manchado el rostro de la cristiandad. Otras religiones
poseen experiencias similares tanto en el pasado como en épocas
más recientes. ¿Pero cómo se explica tanta violencia
asociada con la religión?
La
globalización ha agudizado las fronteras del mundo, y levantado
las cercas de la modernidad. La lucha de lo local contra lo global
también crea conflictos. Conflictos de identidades rivales
en los mismos territorios aprovecharán esta oportunidad para
encontrar diferencias claras que demarquen aún más aquellos
términos que los distinguen. Otros argumentan también
que las normas, sin duda compromisos absolutos que se incluyen en
las creencias religiosas, crearán necesariamente las condiciones
para el conflicto y la intolerancia.
Nadie
ha encontrado todavía una teoría satisfactoria sobre
la relación entre religión y violencia. Cada tradición
religiosa puede señalar auténticamente un mensaje de
paz, armonía, y bienestar en su doctrina, pero debe también
reconocer cómo esas mismas creencias han sido usadas para fomentar
y sostener la violencia. ¿Están las religiones tan inextricablemente
unidas a la violencia que nuestra única esperanza, como afirman
algunos secularistas, es abandonarlas por completo?
Aunque
uno pueda pensar acerca de la relación entre religión
y violencia a un nivel teórico, sabemos que hay hoy mucha gente
en peligro a un nivel práctico a causa de la violencia. Este
es especialmente el caso donde grupos religiosos se encuentran en
minoría, como es el caso de los cristianos en diferentes partes
de Indonesia o en la India y, así como también para
religionistas (religionists) en otras partes del mundo. Los miembros
de nuestros institutos religiosos, como líderes y colaboradores
de estas comunidades, sufren los mismos riesgos. Una teoría
de la relación entre violencia y religión no terminará
con la violencia pero puede señalar un camino para una posible
solución en algún punto del futuro.
En
este momento, pueden verse emerger tres maneras de considerar la relación
existente entre la religión y la violencia.
En
primer lugar, el pretexto de la diferencia en la religión es
usado para conseguir otros intereses. Esto ocurre en muchos de los
casos de religión y violencia alrededor del mundo. La violencia
colectiva Hindú contra Musulmanes y Cristianos en la India
de hecho existe, muy a menudo, como un pretexto para mantener la hegemonía
política Hindú que aparenta estar amenazada por el creciente
número de religionistas minoritarios. Un patrón similar
puede encontrarse en la todavía actual guerra civil de los
Musulmanes del Norte en contra de los tradicionalistas y Cristianos
en el Sudán, por la batalla de los Tamiles y los Sinaleses
en Sri Lanka. La búsqueda de fines políticos por medios
religiosos es especialmente sospechosa donde las diferentes religiones
han sido capaces de vivir juntas (aunque algunas veces no haya sido
fácil), pero ahora hay estallidos de violencia. En estos y
similares entornos, deben buscarse motivos de acción más
profundos para ver si los recursos de la religión están
simplemente siendo invocados para legitimar otra acción. Similarmente,
cuando la religión es la más clara diferencia en poblaciones
de otra manera muy semejantes o e incluso idénticas, uno tiene
que sospechar que la religión es un epifenómeno en el
aumento de violencia, más que su origen.
Una
segunda manera de observar la relación de religión y
violencia es viendo los recursos de la religión como un escudo
contra la modernización y la globalización. De esta
manera, una visión religiosa del mundo se convierte en una
etapa cósmica o campo de batalla para los combates de las fuerzas
del bien (Dios y la causa de Dios son interpretados en una tradición
religiosa) contra las fuerzas del mal (secularización/ modernización/globalización/el
Oeste, etc). Usar la violencia con el fin de defender o promover la
causa de Dios contra estas fuerzas del mal moviliza entonces los recursos
de la tradición religiosa para hacer la guerra contra las fuerzas
que la destruirían. Mientras que tales fuerzas pueden ser movilizadas
por un provocador exterior, pueden también surgir de los líderes
de la misma tradición religiosa. Aquí la religión
es más que una etiqueta para identificarse vis-a-vis de los
otros; ésta articula peligros profundamente percibidos contra
la misma existencia. El martirio por alguna causa religiosa entonces
se convierte perfectamente en una lucha contra las fuerzas del mal.
El tercer modo de observar la relación entre religión
y violencia es quizás el más complicado y, finalmente,
el más importante. Aquí uno tiene que explorar los mecanismos
que pueden por sí mismos disparar la violencia. Estos tienen
que ver con la violencia inserta en la misma tradición, a pesar
de todas las protestas de armonía. Para los judíos pueden
ser los salmos de maldición los que legitiman la destrucción
de enemigos. Para los cristianos, es el lenguaje de muerte violenta
y sacrificio que yace en el corazón de la interpretación
de la misión del mismo Jesús. Para otros, puede estar
en el mismo orden cósmico (zoroastrismo, hinduismo védico),
o la percepción de que la violencia no es sino otra cara del
sufrimiento que surge de la ilusión (como para los budistas).
Es posible explicar referencias a la violencia de manera histórica
como parte de sociedades basadas en clanes que luchan por sobrevivir
en tiempos violentos (como en el judaísmo o en el islamismo
temprano), pero cómo las religiones resuelven su relación
de vida y muerte, cómo explican la presencia del mal en el
mundo y qué debe hacerse a propósito de él, nos
lleva inevitablemente al problema. Hasta la fecha, ninguna teoría
de la presencia del mal o de la necesidad del sacrificio ha tenido
suficiente alcance como para ganar el asentimiento de grupos grandes
dentro de ninguna tradición religiosa, ya sea dentro de ellos
o más allá de ellos.
Es
a partir de la aguda conciencia de lo que parece haber sido un estallido
de violencia en las últimas décadas, como también
el hecho de que la violencia esté impregnada en sistemas sociales
a través de mecanismos de racismo y otras formas de opresión
social, que el tema teológico de la reconciliación ha
adquirido tanta relevancia a comienzos de este nuevo siglo. Más
allá de cómo se interprete la reconciliación
- desde la reducción y manejo del conflicto, hasta la sanación
de las memorias y la reconstrucción moral de las sociedades-
es pertinente para todas las tradiciones religiosas que contemplan
alguna forma de trascendencia del tiempo presente con todos sus límites
y carencias sondear y encontrar lo que puede crear un planeta mejor
en medio de toda la violencia presente. La letanía de males
podría seguir casi sin fin. ¿Cómo debemos honrar
a los difuntos, cómo debemos buscar justicia para los vivos,
y cómo debemos crear sociedades donde no se pueda perpetrar
de nuevo el mal? Para los cristianos, la buena nueva de Jesucristo
halla quizá su forma más imperiosa para nuestro tiempo
en el mensaje de Dios reconciliando al mundo.
Predicando el Evangelio hoy y mañana
Me
parece que podemos resumir, en cierta manera, el desafío de
predicar el Evangelio en nuestro futuro inmediato bajo estos tres
títulos:
En
primero lugar, hallando nuevas formas de solidaridad con la humanidad.
Esto debe ocurrir a un nivel global con las formas de discurso que
tratan de imaginar cómo podemos mantener nuestro mundo unido,
en busca de una ética global, la garantía de los derechos
humanos, la búsqueda de una justicia internacional. La ética
global comprende cómo nos tratamos unos a otros y también
al planeta. Los derechos humanos tocan tanto los derechos políticos
(los así llamados derechos humanos de primera generación)
como los derechos económicos (derechos humanos de segunda generación).
La justicia internacional debe perseguir abusos contra los derechos
humanos, crimen internacional y terrorismo que amenazan con caer más
allá de la previsión de cualquier autoridad nacional
o regional.
La solidaridad debe dirigir también discursos locales, ayudándoles
a situarse a sí mismos respecto de lo suyo y del panorama mayor
para así prevenir distorsiones ideológicas y para desafiar
a esas fuerzas, interiores y exteriores, que amenazan el genuino bienestar.
Esto representa una segunda generación en el trabajo de inculturación,
en un tiempo en el que los esfuerzos de primera generación
están siendo bloqueados en tantos lugares. Una cierta armonía
entre la teología de la creación y la teología
de la redención debería requerir que, pace Gaudium et
spes, el Evangelio no sea ajeno a ninguna cultura. En consecuencia,
la inculturación es posible en todas partes. Como la Iglesia
ha enseñado, cada cultura necesita purificación, pero
eso supone, en primer lugar, que el encuentro entre la fe y la cultura
es posible.
La interacción de discursos globales y locales no es sólo
un asunto para las esferas socio cultural, política y económica.
Tiene que ver también con la conducta de vida de la misma Iglesia,
como comunión de Iglesias. Esfuerzos recientes para crear una
centralización aún mayor parecen no tomar en cuenta
una dinámica evidente de cómo lo global y lo local están
comenzando a relacionarse en el mundo de hoy, pero también
una dinámica ya prevista en la teología del Concilio
Vaticano II.
La preocupación por la relación entre lo global y lo
local fluye en el segundo desafío para predicar el Evangelio
en el futuro inmediato, esto es, cómo relacionarnos con una
pluralidad irreductible como parte legítima de nuestro mundo,
sin forzarla en categorías monistas. Las realidades multiculturales
y multirreligiosas no van a desaparecer de nuestro mundo. No queremos
sucumbir a un tipo fácil postmodernismo que es simplemente
otra manifestación de indiferentismo. Nuestros compromisos
son reales y no deben ser abandonados. Pero ¿podemos vivir
con alteridad y diferencia en integridad sin sucumbir a la violencia?
¿Podemos encontrar un modo de articular alteridad y diferencia
teológicamente que pueda poner las bases para que los cristianos
vivan en armonía constructiva con sus vecinos? En concreto,
éste es el desafío de la Cristiandad en el momento actual
en que vuelve sus ojos hacia Asia. Los llamados para la evangelización
de Asia conllevan, me parece, una profunda nueva evangelización
del Occidente y de otras partes no asiáticas del mundo que
miran hacia el continente más grande del mundo, más
poblado, más diverso. Ahí nacieron todas las religiones
transnacionales de nuestro mundo actual; ahí han tenido siglos
de experiencia en tratar de vivir juntos, aunque tenuemente. Las ofensas
que algunos asiáticos han recibido del lenguaje cristiano de
evangelización no pueden ser simplemente consideradas como
el escándalo de la cruz; se trata de una profunda invitación
a examinar nuestros propios corazones como cristianos.
Un
lugar para comenzar ese examen es ver cómo manejamos nosotros
mismos la confluencia de lo premoderno, lo moderno y lo postmoderno
en nuestro medio. Algunos de nosotros luchamos para crear el espacio
social donde las culturas premodernas puedan mantener cierta medida
de autonomía conforme se baten sobre ellas las olas de la modernización.
Otros ven la inacabada agenda de la modernidad como ofreciendo la
perseguida utopía que fue descarrilada por las fuerzas del
capitalismo. Y toda una nueva generación ha sido configurada
por las variadas formas de postmodernidad como lentes hacia nuestro
futuro. Estas pluralidades no son algo fuera de nosotros mismos contra
lo cual formamos nuestras identidades. Están profundamente
dentro de nosotros, en el mundo-iglesia y en un orden que existe en
tantas culturas y lugares. La unidad ha sido y debe permanecer como
un signo de la Iglesia. La articulación de esa unidad nos llama
a explorar las otras tres notas tradicionales de la Iglesia como un
camino para dar esa expresión genuina y confiable en nuestro
tiempo.
Tercero y por último, las realidades de violencia en todas
sus formas y la frecuente implicación de la religión
dentro de la emergencia y persistencia de la violencia nos llaman
a sondear más profundamente los recursos de pacificación
y reconciliación dentro de nuestra fe. Mirando los campos de
matanza de nuestro mundo, creados por diligencia o a propósito,
la inmensidad del sufrimiento, y las heridas abiertas que no pueden
ser sanadas, somos urgidos a buscar la trascendencia que nos fue prometida
en la visión de reconciliación en que Dios reconcilia
todo el mundo en Cristo, haciendo la paz por la sangre de su cruz
(Col. 1:20). El que creamos que la verdadera paz vendrá por
la sangre de la cruz ya dice algo acerca de cómo a la larga
está presente una visión de violencia y reconciliación
en el corazón del misterio cristiano. La situación en
la cual ahora vivimos al comienzo del siglo XXI nos urge a sondear
el significado del Misterio Pascual de un modo que todavía
está por hacerse.
Los desafíos que nos enfrentan tanto a nosotros como a ustedes,
Orden de Frailes Predicadores, es un llamado a lo mejor de sus tradiciones.
Requerirá en primer lugar la disciplina de la oración
contemplativa, la unión con el Dios que ha caminado entre nosotros,
y ha conocido nuestros sufrimientos. Se me ha vuelto más y
más claro que, al tratar con los indecibles horrores de lo
que como seres humanos nos hemos causado, que sólo podemos
sostener nuestra fuerza en el convencimiento de que es Dios quien
lleva acabo la reconciliación en el mundo, y no nosotros. El
resultado de todo esto, lo que será una creación genuinamente
nueva, sólo puede ser visto desde la perspectiva de Dios. Sin
la unión con Dios en una oración contemplativa, no podemos
tener esperanza de sostener la batalla delante de nosotros. Nos consumiremos,
las fuerzas del mal se ensañarán en nuestras vidas.
Somos embajadores de la reconciliación de Dios, como el Apóstol
Pablo lo dice (cf. 2 Cor 5:20), no sus autores.
Los
temas que nos enfrentan necesitan no sólo una vida de oración
contemplativa, sino también el estudio profundo que también
marca la tradición Dominicana. Los asuntos que he tratado de
articular aquí - acerca de los discursos locales y globales,
acerca de entrar en el pluralismo de nuestro mundo, sobre buscar la
salvación y reconciliación- que apenas entendemos. No
son cuestiones nuevas, pero han tomado formas nuevas, extrañas,
y urgentes para nosotros. Necesitamos las mejores mentes para explorarlas,
especialmente para aplicar en ellas los recursos de nuestra fe y tradición.
El interés por el estudio que siempre ha estado tan en el corazón
de lo que ustedes hacen, y que ha sido de inspiración para
mí, debe ser aplicado aquí.
Su
marcado acento en la comunidad, también juega un rol en todo
esto. En primer lugar como reflejo a la clase de comunión a
la que estamos llamados, una comunión que puede abrazar y valorar
nuestras diferencias, aún haciéndolas una fuente de
desafío y riqueza en vez de división y disminución.
Un mundo fragmentado, postmoderno, necesita visiones de comunidad,
como también lo necesita un mundo que sufre ruptura y dislocación.
Sin soñar románticamente sus posibilidades, la comunidad
debe encontrar hoy teológicamente sus más profundas
raíces, en un Dios Trinitario donde la diferencia y la unidad
encuentran su más profunda comunión.
Es
en esta combinación de oración, estudio y comunidad
donde puede tomar forma una auténtica predicación del
Evangelio. Puede entonces ser una predicación que pueda ser
oída dentro de las tonalidades de culturas situadas en las
encrucijadas de lo local y lo global, pero también una predicación
que conduce a sus oyentes a un nuevo lugar. Dónde está
ese nuevo lugar, y cómo nos conduce Dios ahí, sólo
puede surgir a partir de nuestra oración, nuestro estudio,
y nuestra vida en común. Que el Señor esté con
ustedes en su travesía como la Orden de Predicadores.