"El
Espíritu del Señor está sobre mí"
Capítulo General Electivo de Providence
10 de julio 2001
"El Espíritu del Señor está sobre mí.
Él me ha ungido para llevar buenas nuevas a los pobres, para
anunciar la libertad a los cautivos, y a los ciegos que pronto van
a ver, para despedir libres a los oprimidos y proclamar el año
de gracia del Señor". (Trad. de la Biblia latinoamericana,
Lucas 4,16-30 {18-19})
Hemos
venido a Providence de todas partes del mundo. Representamos hermanos
que están presentes en 102 países. Y así, junto
con nuestros huéspedes de la familia Dominicana, tenemos
alguna idea de quiénes son los pobres que esperan las buenas
noticias. Cada uno de nosotros ha sido testigo de alguna forma de
pobreza: la pobreza de los barrios de Latinoamérica, o de
los vagabundos de las calles de Europa. Conocemos la pobreza y aquellos
cuyas vidas carecen de esperanza o sentido, la pobreza de los que
están atrapados en guerra, la pobreza intelectual de tantos
en el Oeste.
Hemos visto también las prisiones que los seres humanos construyen
para los otros, prisiones de prejuicio e ideología, prisiones
de impotencia, prisiones de miedo, prisiones estatales aquí
en los Estados Unidos donde cientos esperan la pena de muerte. Conocemos
los millones de formas de opresión que cargan sobre la humanidad.
¿Estará el Espíritu del Señor sobre
nosotros para predicar las buenas noticias? ¿Encontrará
El una palabra de gracia para el pobre? ¿Saldrá de
Providence listo para abrir los ojos del ciego y liberar a la gente?
Cuando
Jesús lee el texto, se sienta. Los ojos de todos están
fijos en Él, y dice, "hoy se ha cumplido esta escritura
que han oído". Hoy es el día de salvación,
si ellos abren sus oídos para oír.
Hoy es el día de gracia, con solo que ellos oigan.
Si
este Capítulo de Providence es para nosotros un momento de
gracia, entonces saldremos de aquí renovados como predicadores,
con algo que decir a los pobres y oprimidos. No estamos aquí
sólo para hacer documentos, votar reformas, y cambiar las
Constituciones. Estamos aquí reunidos para que se hablen
y oigan palabras de gracia. Entonces seremos capaces de decir, "hoy
se ha cumplido esta Escritura que han oído". Un Capítulo
General debe ser un tiempo de gracia.
Ésto casi sucedió en Nazaret. Comenzó bien;
ellos alabaron las palabras de gracia que Jesús dijo. Se
maravillaron de Él. Pero luego todo se amargó. Le
denunciaron como sólo el hijo de José, su vecino.
Le conocían demasiado bien para oír lo que Él
tenía que decir. Trataron de matarle por su arrogancia.
Ése será el primer desafío que tendremos que
encarar. Porque un Capítulo General es, en cierto sentido,
el hogar de la Orden. Providence es, durante estas pocas semanas,
nuestra Nazaret. Podemos estar tentados de pensar que nos conocemos
unos a otros demasiado bien para recibir esa palabra de gracia.
Ustedes podrían estar pensando inclusive ahora, "acá
va Timothy de nuevo. Lo mismo de siempre. Por lo menos en cuatro
días más, por fin nos libraremos de él!".
Y tienen razón en esto: ¡Es lo mismo de siempre!
Pero ¿seremos como los habitantes de Nazaret, y dejaremos
que la familiaridad genere desprecio, y cierre nuestros oídos
al otro? Cuando un hermano de Latinoamérica se pone en pie
para hablar, ¿apagarán sus auriculares la mitad de
los capitulares y dirán: "no hay necesidad de escuchar.
Será la misma vieja teología de la liberación,
la opción por los pobres. Ya lo he oído todo antes"?.
Y si habla un hermano más conservador, ¿apagará
la otra mitad del Capítulo sus auriculares y dirán,
"ya sé lo que dirá antes que abra su boca"?.
Cuando Jesús empieza a predicar, están asombrados
por sus palabras de gracia. Rezo para que seamos sorprendidos por
el otro. Debemos deshacernos de nuestros preconceptos y ser asombrados.
Entonces las Escrituras que hemos oído se habrán cumplido,
y el Capítulo será un momento de gracia. Entonces
tendremos algo que decir al pobre y al oprimido cuando volvamos
a casa.
Cada uno de nosotros viene a este Capítulo tanto rico como
pobre. Somos ricos porque cada uno tiene algo que decir. Cuando
el moderador pasa a un hermano el micrófono, entonces los
ojos del Capítulo estarán sobre él, para oír.
Es verdad que siempre hay algunos hermanos que están convencidos
que el Espíritu viene sobre ellos con gran frecuencia, levantando
sus manos para hablar una vez y otra vez y otra vez.
Pero cada uno de nosotros es también pobre. Cada uno de nosotros
vive en un mundo que es demasiado pequeño para Dios. Cada
uno de nosotros vive en una prisión. Y nuestros propios hermanos
y hermanas tienen la llave para abrir la puerta y dejarnos salir.
Cada uno de nosotros es de alguna manera ciego, miope. Y para cada
uno de nosotros, hay alguien ahí que tiene el alivio para
sanar nuestros ojos y darnos vista.
Recuerdo estar comiendo con dos hermanos en un congreso sobre la
misión de la Orden en Europa, hace muchos años. Un
hermano de Europa del Este había sido puesto en prisión
por los comunistas. El otro, del Oeste, había sido puesto
en prisión por ser comunista. Sus puntos de vista políticos
eran enteramente opuestos. Pero abrieron cada uno los ojos del otro.
Guiaron al otro a un espacio mayor, las amplísimas pasturas
del evangelio.
Visité una comunidad en Latinoamérica en la cual hermanos
y hermanas vivían juntos. Y los hermanos me dijeron: "nunca
supimos lo que significaba tener confianza en Dios hasta que las
hermanas nos lo enseñaron. Ellas no se afligen pensando en
donde vendrá el dinero". Y las hermanas me dijeron:
"Los hermanos nos enseñaron a abrir nuestras mentes
a la Palabra de Dios como nunca antes".
Para que esta mutua liberación suceda, necesitamos imaginación
y humildad. Necesitamos la imaginación no sólo para
oír lo que los capitulares digan, sino para adivinar por
qué lo dicen. Iris Murdoch, la filósofa inglesa, escribió
que cuando estás en desacuerdo con alguien, debes preguntar
a qué le teme. ¿Qué peligro percibe para sus
convicciones más profundas? ¿Por qué hablan
tan apasionadamente acerca de esto? ¿Cómo puede uno
entender ese temor?
Por
encima de todo, este Capítulo será acontecimiento
de gracia si tenemos la humildad de escuchar. Las últimas
palabras escritas de Lutero fueron: "somos mendigos. Esa es
la verdad". Veritas es nuestro lema, reconozcamos entonces
y hemos venido a este Capítulo como mendigos, como aquellos
que tienen hambre de saber más de Dios. Pues, como dijo san
Agustín, "Dios es siempre más".
"Hoy se ha cumplido esta escritura que han oído".
Si estamos atentos a la Palabra de Dios y al otro, entonces este
Capítulo será un tiempo de gracia, un tiempo de dones.
Entonces volveremos a casa con algo que decir a aquellos que sufren
múltiples formas de pobreza y opresión. Seremos capaces
de abrir los ojos del ciego y librar los prisioneros, porque habremos
abierto los ojos del otro y habremos liberado al otro. Entonces
predicaremos de veras un año de gracia del Señor.
