Día
de retiro y de reconciliación. Texto biblico : Col.3,12-17
En
el principio estaba la misericordia. Y la misericordia estaba con
Dios. Y la misericordia era Dios.
Y la
misericordia se ha hecho carne. Y, con la ayuda del Espíritu,
nosotros hemos visto su gloria bajo los rasgos del servidor de Dios,
el que aceptaba ser la víctima del pecado del mundo.
sta
es, en una palabra, la historia de la Salvación. Ésta
es la historia de cada una de nuestras conversiones. Pero ésta
es también la historia de santo Domingo y de la Orden.
En
el principio, hubo la inmensa bondad de Dios, inseparablemente compasión
y misericordia, que bajó del cielo y fue depositada en el
corazón de Domingo como una lengua de fuego. La misericordia
se hizo carne en ese corazón, por su concocimiento y por
su continuación. Luego todo lo demás fue siguiendo.
Se cumplió la palabra del psalmo 84. En él "amor
y verdad salen al encuentro ; justicia y paz se abrazan." Aquel
hombre creció, puro y hermoso, como un lirio. El amor dio
lugar a la rectitud, a la obra de la verdad, a la paz alegre que
nada - excepto el sufrimiento del prójimo - podía
arrancarle a este hombre evangélico.
Y la
Orden salió a luz, parecida a santo Domingo. Y todos y todas
hacemos el mismo camino. Y conocemos la alegría de vivir
en esta casa de S. Domingo, testigos de este baile de las cuatro
señoras de la casa : amor, verdad, justicia, y paz ; baile
imperfecto, baile mal bailado, baile que se parece muchas veces
más bien a un bullicio que a un baile - pero ¡qué
más da ! - baile muy bello, muy amable, porque bien se sabe
que cada uno de los bailarines se ha comprometido hasta el fin ;
baile hermoso y amable, no tanto por su éxito como por su
humildad, por la niñez y alegría de su índole.
Las
cuatro señoras de la casa - amor, verdad, justicia, y paz
-, nos han sido regaladas para que las amemos y las vivamos. Pero
las cuatro no están en un pie de igualdad. Tres son las que
nos regocijan. Una es la que más fundamentalemente nos salva.
Es el amor, bajo su aspecto más bello : la misericordia.
Pocos,
entre nosotros, según pienso, estaban conscientes de ello
al ingresar en la Orden, pero la mayoría lo está tras
algunos años en la Orden ; fue la misericordia la que nos
admitió en la Orden, y es ella la que nos guarda allí.
Y la que nos cura y nos da consuelo. La que nos levanta, después
del fracaso o de la culpa. La que nos admite, y nos vuelve a admitir,
en la alegría del Señor, tantas veces como nos alejamos
de ella. La que nos ensancha y nos hace alcanzar unas cumbres de
servicio que no hubiéramos creído nunca posibles para
nosotros. Esta misericordia mutua que tiene su fuente en la otra
: la mayor, la de Dios. La que cumple dentro de nosotros el milagro
de perdonarnos a nosotros mismos, por el medio de aquel "dulce
espejo" de la mirada de Dios sobre nosotros. Este espejo que
hace que el pecado que nos espantaba ayer, provoca hoy en nuestros
labios una sonrisa compasiva, pues este pecado, ahora lo vemos tal
como lo ve la mirada de Dios - la única verdadera, la única
que permanece - un grano de polvo que el fuego del amor consume.
Esa
misericordia que nos libera de la tristeza del pecado, que transforma
la vida en una posibilidad siempre abierta de alegre vuelta a empezar,
de salvación ; que nos libera, nos desinteresa de nuestro
pecado, y nos da al contrario el gusto de entrar, como Pierre Claverie,
como Pierre de Vérone, en el destino sublime del Siervo Sufrido,
quien nos la dio a conocer.
Esta
misericordia es la que hoy recordamos y celebramos y acogemos. En
ella hoy volvemos a comprometernos. Entonces, celebremos, acojamos,
y lancémonos a la misericordia con gran alegría. Vivamos
este alto de oración y de reconciliación en un clima
de agradecimiento. Pues, es grande - muy grande - el misterio de
la misericordia que nos ha admitido en la Orden y que allí
nos conserva ; el misterio de la misericordia de Dios, que cabe
entera y para siempre bajo los rasgos del Siervo Sufrido, Jesús
